Por Sabino Labarca
El abuelo regresó en vísperas de Fiestas Patrias. Arribó en un taxi que se detuvo frente a nuestra puerta, cuyo chofer, al descender para sacar las maletas de su pasajero, rengueaba. “Que era cojo, lo era”, dijo al entrar a la casa. Siempre repetía esa frase cada vez que se topaba con un cojo; lo hacía en referencia al cojo Lovera, un hombre de baja estatura y voz ronca con el que se había cruzado mientras vivió en el sur, y quien odiaba al abuelo y a todos los que no eran cojos como él.
“Ese cojo no amaba a nadie, excepto a su ego y a sus manías”, recordaba el abuelo, quien se había marchado hacía dos años luego de pasar la noche anterior sentado en nuestra terraza mirando el mar. Con el abuelo siempre fue así. Cada cierto tiempo se mandaba a cambiar sin dar explicaciones y, de la misma manera, regresaba sin que nadie en casa estuviera advertido de su arribo, lo que ocurría, de preferencia, a media mañana. Decía que prefería viajar de noche y llegar de día. Así aprovechaba de estar a la hora de almuerzo y de observar el atardecer desde la terraza.
Desde la víspera de aquellas Fiestas Patrias el abuelo estuvo muy alegre y con ganas de compartir con todos los que se dejaron caer, pese a que se declaraba antipatriota y antisocial. “A mí este país no me ha dado nada”, reclamaba. “No seas malagradecido, recibiste la mejor educación pública que era posible en tu época”, le recordaba su hija. “Además, está lleno de fachos”, completaba su regaño inicial. Juicio que familiares y conocidos acabaron aceptando como una forma de exorcizar ese designio que lo persiguió desde su juventud, optando desde entonces por llamar “fachos” a todos los que hablaran desde la vereda de enfrente, o, mejor dicho, de todos los que no fueran de izquierda como él, que si lo fue hasta que se deshizo de toda ideología, una vez que el desgano y la desilusión se apoderaron de su cuerpo y de su mente, haciendo que renegara de todos los ismos posibles.
“En suma, el abuelo no es comunista ni socialité. ¿Me entiendes? Es, como ya sabemos, un viejo con escaso margen de tolerancia con todo aquello que conlleve un lazo político o afectivo, pero es mi abuelo, con eso ya es suficiente para mí”, le comentó Magdalena a su Segismunda, quien a esas alturas de la mañana ya se había fumado el primer pito de marihuana de la jornada, entes de entrar a la clase de sociología, a cuyo profesor ambas odiaban por las infinitas veces que las mandaba a leer a Umberto Eco.
A media tarde el abuelo y Magdalena se encontraron a mitad del pasillo. Entonces, su nieta le recordó una antigua promesa que le había hecho, antes de marcharse a su último viaje.
—¿Podrías contarme el cuento que me prometiste antes de irte por última vez? —Le pidió.
—¿Cuál cuento?
—El del cojo de la oficina de partes.
—¿De qué cojo me hablas?, ¿de qué oficina de partes? Solo recuerdo al cojo que conocí en el sur.
—Ese. Seguro que es ese.
—Imposible.
—¿Por qué?
—Porque ese cojo jamás ha estado en Valparaíso.
—Conociste a dos cojos, pero solo recuerdas a uno. ¿Eso es?
—Ahora recuerdo al cojo del ministerio; trabajaba en la oficina de partes. ¡Cómo olvidarlo!
—¿El cojo del cuento?
—Sí, me refiero al cojo del cuento. Además de cojo, era muy pequeño. Su jefa lo llamaba “leñador de bonsái”
—¡No me digas que era enano!
—Le faltaba un poco para eso. Lo único que debes tener claro es que era cojo. Bueno, ambos eran cojos, el de Valparaíso y el del sur.
—Si ambos eran cojos ¿en qué se diferenciaba uno del otro?
—El cojo de la oficina de partes era mañoso.
—¿Cómo mañoso?
—Mejor dicho, estaba lleno de mañas; era maniaco.
—¡Ah!, no era amigo de lo ajeno, como dicen de las personas mañosas.
—No, este cojo era un cascarrabias; un hombrecillo malhumorado, envidioso, mediocre, obsesivo, en suma, un mal tipo. Era mañoso, desconfiado hasta de su sombra, supersticioso; más bien fetichista y maloliente.
—¿Fetichista? Me intrigas.
—Adoraba a las mujeres que fumaban delante suyo. Él mismo era un fumador empedernido; fumaba cincuenta cigarrillos diarios.
—¿Ver fumar a las mujeres delante suyo le producía placer?
—Entre otros fetiches.
—¿Cómo cuáles?
—Hacía aspavientos de estar siempre al día en materia de alta tecnológica. Le gustaba comprarse el último teléfono celular, mientras más grande, mejor. También adquiría computadores y máquinas fotográficas de última generación.
—Debe haber gastado mucho en todo aquello. ¿Era adinerado?
—No tenía en quién gastar su plata, más que en sus estrafalarios gustos. Por lo demás, pronto se aburría de sus nuevas adquisiciones y las vendía a bajo costo; aunque era tacaño, de manera incomprensible, casi terminaba regalándolas. Compraba solo por comprar, solo para que los demás lo vieran cómo gastaba su dinero en cosas que no estaban al alcance de sus compañeros de trabajo; tampoco poseía grandes habilidades en el uso de la tecnología.
—Bien raro tu cojo.
—¡¡Qué más te puedo decir! Que era cojo, lo era, sin embargo, un día se levantó y ya no era cojo.
—¿Cómo, se mejoró sin más?
—Así fue.
—¿Es un cuento o de verdad sucedió aquello, abuelo?
—Ve tú.
—Da lo mismo, quiero escucharlo.
Aquella mañana –relató el abuelo–, según acostumbraba, el cojo salió de su casa y bajó por Habana en dirección al barrio Puerto donde se ubicaba la oficina de partes en la que trabajaba para un ministerio. Cada cierto tramo se detenía y miraba sus pies. Estaban alineados, como siempre quiso tenerlos; no obstante, apenas se convencía. Por su mente se cruzaba la misma frase ofensiva que lo marcó durante toda su vida. “Cojo de mierda”, le decían. “Ahora ya no cojeo”, se dijo. “¿Se atreverán a decirme cojo de mierda otra vez?”, se preguntaba. Y seguía bajando por Habana, hasta ver la cúpula de la catedral. La misma iglesia donde fungió de acólito cuando a los ocho años su madre lo inscribió en catequesis para hacer la primera comunión.
—No creo ni jamás creeré en Dios, madre —le espetaba a su progenitora, quien se afanaba en verlo santo. —No insistas, tú menos que nadie debiera pedirme que crea en Dios, mira cómo me hizo —se quejaba el cojo.
—Dios no tiene la culpa de tu cojera, hijo mío; quedaste mal hecho nomás —se defendía la madre.
Claro que era cojo, pero ahora, por una extraña circunstancia, ya no lo era. Él mismo no se convencía de semejante realidad. Le costaba mucho aceptar su nuevo andar luego de una vida entera rengueando, siendo el hazmerreír de sus amigos de infancia, sintiendo el desprecio de las muchachas que ni siquiera lo saludaban al pasar; años viendo a los demás hacer cosas que a él le resultaban imposibles, como saltar del trampolín de la piscina, escalar cerros o bajar corriendo las escalas o cruzar la plaza a toda prisa en un día lluvioso sin temor a resbalar en las baldosas mojadas.
La mañana en que se despertó sin cojear empezó de una forma muy particular. A las cinco de la madrugada un enorme pájaro –o un objeto pesado– se estrelló contra la ventana de su habitación rompiendo un vidrio de tamaño considerable, cuyos restos saltaron sobre su cama. Del solo susto el cojo se incorporó y, de súbito, sin darse cuenta al tomar las tapas de la cama se hizo un pequeño corte en la palma de su mano derecha; no obstante, sangraba de manera abundante.
Enseguida, pensó en su trabajo en la oficina de partes. ¿Cómo podría con una mano menos timbrar los documentos que llegaban a diario y que se amontonaban en su mesón? El timbre era tan grande que apenas podía tomarlo con sus diminutas manos. La sangre le chorreaba hacia el codo. La sentía tibia. Un miedo inmenso se apoderó de sus pensamientos. “Cojo y ahora manco, así no se puede”, murmuró mientras arrastraba su culo flácido sobre las sábanas. Eructó profundo y luego se tiró un pedo asqueroso como la cloaca a la salida de su casa. El hedor seguía al cojo como su sombra.
Sin siquiera encender la luz del velador saltó de la cama y corrió al baño. Aunque era cojo, en espacios reducidos y conocidos, corría, de lado, pero algo corría. Cruzó el pasillo. Lo conocía de memoria, incluso, cuando llegaba ebrio, noche por medio; sabía cuántos pasos dar hasta su habitación, sin tropezar con una mesita de arrimo o los maceteros que su madre acumulaba llenos de flores y helechos como si aquello fuera un puesto de flores a la entrada del cementerio.
Ya no cojeaba. Pero él aún no lo percibía. Entre el pánico provocado por la rotura del vidrio y la incertidumbre de no saber de dónde vino el objeto que se estrelló contra su ventana, o si acaso aquello más bien se trataba de un piedrazo lanzado por alguien que lo odiaba, el cojo no sabía qué hacer. Estaba confundido. Hasta que atinó a encaminarse hacia el baño donde enjuagó sus manos diminutas y albinas a oscuras en el lavamanos.
Por una extraña razón, pese a que aún era de noche, no encendió ninguna luz, ni la de su velador ni la del baño, mucho menos, la del pasillo. Tal vez evitó hacerlo para no despertar a su madre y a su abuela que dormían al final del inmenso pasillo colmado de gomeros y helechos, cada una en su habitación de viudas. Cada una con su sinfonía de ronquidos y pedos.
El cojo regresó a su cama; aún era muy temprano para levantarse. A tientas palpó sus sábanas. Estaban mucho más ensangrentadas, ahora la sangre comenzaba a secarse, adoptando una textura densa y maloliente. El cojo sintió la sangre semi reseca y se untó su dedo índice derecho y olió su sangre. Su madre siempre le había dicho que la sangre derramada merecía respeto y que había que honrarla. Entonces el cojo buscó una toalla en la repisa del baño y, humedeciéndola bajo el grifo del lavamanos, limpió la sangre sobre la sábana. Luego entró en su cama, se tumbó y durmió, sin percatarse de que ya comenzaba a amanecer. Y soñó.






