Por Juan Neftí
Juan nunca había aspirado a nada extraordinario. No porque fuera un derrotado ni, mucho menos, un hombre sin sueños. En algún rincón de su alma también guardaba anhelos, aunque permanecían dormidos, como semillas bajo una tierra que nunca recibió suficiente lluvia. Simplemente, jamás se le había ocurrido mirar más allá del horizonte conocido. Caminaba por la vida sin perseguir grandes sueños ni esperar que el destino abriera para él alguna puerta prodigiosa. Le bastaba con avanzar por el sendero que tenía delante, sin sospechar que, a veces, hasta los caminos más humildes conducen a lugares insospechados.
Era como si hubiese nacido sabiendo que la realidad tenía un límite y que ese límite coincidía con los bordes de su escritorio en la Dirección General de Asuntos Protocolarios, liderada por la NO (Nueva Oposición) una oficina estatal que parecía un relicario del siglo pasado; Sus paredes amarillentas, las persianas descolgadas y el murmullo constante del ventilador central, que giraba como si quisiera huir volando del techo.
Su labor era simple, casi ceremonial: contestar el teléfono con una voz firme, decir «Oficina de Asuntos Protocolarios, buenos días», y derivar la llamada a la repartición correspondiente. Lo hacía con la eficacia de una máquina, pero con la paciencia de un monje tibetano. Su vida se había convertido en un juego de repeticiones: café negro, tres sobres de azúcar, sudokus impresos en hoja oficio y música instrumental a bajo volumen.
Todo iba en ese tono monótono, como un péndulo que nunca se detiene, hasta que un martes, Clara C, atravesó el lobby iluminado por la luz decadente del mediodía y trastocó la geometría de su mundo.
—Soy la nueva asistente —dijo, sonriendo—. Me dijeron que trabajaré contigo.
Clara, que llegó por un cupo del Frente Anticlásico, tenía una forma de estar que incomodaba. No porque fuera hostil, sino porque parecía moverse en otra frecuencia. Sus pasos eran suaves, pero sonaban fuerte. Su ropa, siempre de tonos neutros, desprendía una elegancia sin esfuerzo. Hablaba poco, pero sus silencios eran ruidosos.
Desde su llegada, la oficina pareció rejuvenecer. Juan lo notó de inmediato: los teléfonos sonaban menos, el jefe de sección pasaba menos tiempo en su escritorio, incluso el ventilador dejó de hacer tanto ruido. Clara era eficiente, obediente y, por sobre todo, misteriosa. Esto último fue lo que atrapó a Juan. Había en ella una puerta entreabierta, una habitación en penumbras a la que nadie parecía tener acceso. Cada silencio suyo escondía un pasadizo; cada mirada, una pregunta sin respuesta. El misterio es una droga peligrosa para los hombres que no esperan nada: primero despierta su curiosidad, después se instala en la sangre y, finalmente, los empuja a perseguir aquello que jamás imaginaron desear.
Al principio fueron miradas fugaces, gestos sutiles, coincidencias programadas. Luego, roces. Conversaciones sobre libros que nunca habían leído, sobre ciudades que tal vez no existían. Clara hablaba mucho de su compañera de departamento, una tal «Vane», con quien compartía todo: gastos, series, sueños, silencios. Juan escuchaba en silencio, fingiendo concentración en su sudoku. Cada número que colocaba era una forma de evitar decir lo que pensaba.
Con el tiempo, las cosas tomaron un ritmo de fábula triste. Juan se descubría enamorado o algo parecido a eso. Se encontraba imaginando la vida con ella: comprando pan, viendo películas, viajando al sur. Después de algunos meses un día, Clara, lo invitó a tomar una copa después del trabajo. Fue en un bar oscuro cerca del edificio, uno con luces verdes y mozo extranjero. Juan se emborrachó rápido, como si su cuerpo no supiera metabolizar la felicidad. Ella lo miraba con interés genuino, como si lo viera por dentro. Él no recordaba mucho después del tercer trago. Solo una frase, dicha por Clara, como al pasar:
—Las cosas simples también pueden morir.
A la mañana siguiente, Juan no fue a trabajar. Ni a la siguiente. Y en la tercera jornada de ausencia, un conserje encontró su cuerpo en el pequeño departamento de soltero. La policía dijo que había sido un accidente: mezcla de somníferos y alcohol. Clara lloró en la oficina. No mucho, pero lo justo. Luego pidió su traslado a otra dependencia, argumentando que los recuerdos eran demasiado fuertes.
Nadie sospechó nada.
Semanas más tarde, en un edificio similar, con ventiladores iguales y teléfonos del mismo tono gris, Clara cruzó nuevamente el iluminado lobby. Saludó al portero, se ajustó el abrigo; se dirigió hacia el jefe de la oficina y se presentó:
—Soy Clara C. la nueva asistente-
A lo lejos, detrás de una ventana, alguien la observaba. Alguien para quien el rostro iluminado de Clara no era del todo desconocido, sino el reflejo distante de un recuerdo que se negaba a aceptar. Quizás una mujer. Quizás un hombre. Poco importa. Lo cierto es que hay historias que no terminan nunca y como en un bucle, la risa de Clara iluminaba otra vez el camino.






