Por Miguel Faúndez Rojas

 Entonces los años eran un vacío, una sequedad de tiempo arrellanado en los sillones. Y tú tenías que irte. Siempre que irte.

Está de más la batahola funeraria, el crespón de los invitados, las tazas de té sobre la vitrina, porque huelo tu pecho y el mismo candor enciende los faroles del parque, junto a la arboleda. Y me persigue un húmedo susurro de nostalgia, hasta convertirse en beso.

He llegado a ser la generatriz de las nuevas generaciones. Con el ferrocarril, los hoteles dan la bienvenida a forasteros vestidos de café, que pronto se marchan. Sus valijas tienen la parsimonia aprendida en los viajes: en aquellos transatlánticos que parecen sótanos recién inaugurados. Alguno me hace adiós con un pañuelo, soñando con países pirotécnicos en la noche.

Dije que sería este avión para que nunca más te fueras, y aquí estamos cada uno, yéndonos. Yéndote tú hacia mí, yo hacia ti, sin encontrarnos.

Será que la vigilia fue muy larga en los balcones, cuando esperaba cualquier flor, cualquier hoja de los primeros árboles. Muchas puertas hubo. Muchas luces al momento de las estrellas.

Sentía la terrible perversión de ser araña, de subir hasta los pisos altos y quedarme en un rincón, vigilando con mis ojos giratorios.

El organillo venía con sus papelitos mágicos a decirnos la suerte. Leíamos atropelladamente para ver el final, mientras las victorias lucían ornamentos multicolor; y los caballos, regios adornos de fiesta. Un día entre leí en el papelito la historia de un pájaro, un ave singular que imaginé con las pompas de jabón. Se iba trasponiendo cerros, que quedaban dentro de sí, sin desaparecer.

Sin embargo, has vuelto la cabeza, y me has dicho: las orquídeas, Gerardo. Hagamos un lugar en el florero.