Por Sabino Labarca
En el sueño el cojo se veía dentro de un estadio repleto de público. Una de sus grandes frustraciones era no haber podido desarrollarse como basquetbolista. Cuando soñaba despierto siempre se veía formando parte del equipo de básquetbol del liceo; ahora en su sueño se veía distribuyendo el juego desde el centro del campo, llegando hasta la línea de fondo y encestando una y mil veces, cual Magic Johnson. Y, sobre todo, no cojeaba. Se veía como uno más del equipo, incluso más alto de su metro cincuenta y dos. Incluso su voz infantil e inaudible, desgastada por el cigarrillo, las trasnochadas y borracheras, ahora se escuchaba fuerte y grave de un extremo al otro de la cancha. El cojo se sentía a sus anchas dando órdenes a los demás, como un gran jefe, como Magic Johnson en Los Ángeles Lakers.
Al rato despertó. Miró su celular y de inmediato comprendió que estaba atrasado. El reloj marcaba las seis de la mañana. Enseguida, tras superar algunas dificultades de desplazamiento, se tiró de la cama como siempre lo hacía, apoyando sus nalgas fláccidas en el borde del catre, tomándose de la manilla del velador hasta erguirse por completo.
En esos momentos, no percibió que aquello ya no era necesario. Aún no se percataba de que había dejado de ser cojo. Cuando se acostó era cojo, pero al despertar, ya no lo era. Él no era un ciego que se hubiera ido a la cama sin ver y que al despertar veía como si nada. Eso lo habría percibido de inmediato. Pero su cojera mecánica era de tal magnitud inherente a sus movimientos que no cojear era un hecho impensado, y que su fisiatra descartó antes de que el cojo cumpliera su primer año de vida. Caminar derecho sin tumbarse era un imposible. De ello estaba muy seguro.
Con su mente aún ocupada divagando sobre por qué un pájaro –si es que de verdad había sido un pájaro el que se había estrellado contra su ventana– el cojo continuaba con su diaria rutina. Y si no hubiese sido un pájaro ¿quién o qué había roto la ventana?, ¿habría sido alguno de sus enemigos? Inmerso en tal devaneo caminó hacia el baño. Se quitó la ropa y entró a la ducha. Tampoco notó que no tuvo que erguirse para alcanzar el jabón ni el envase del champú, como hacía todos los días. Aún no se enteraba de que ya no cojeaba.
Luego de un rato bajo el chorro de agua tibia corrió la cortina de la ducha, tomó una toalla y la pasó por su espalda, sin notar lo fácil que le resultó ese movimiento, que ahora fluía natural y espontáneo. Tras completar su jornada sanitaria salió del baño y se dirigió a la cocina. Allí, de pie, tomó su habitual café de cada mañana y untó con mantequilla las dos rebanadas de pan que su madre le dejaba cada noche antes de ir a dormir.
El hombre, que aún no percibía que ya no cojeaba, miró hacia el pasillo y, por algunos segundos, contempló las suculentas que su madre con esmero mantenía en esa pequeña selva en que se había convertido su casa.
Su abuela, los pájaros y los gatos aún dormían. El despertar de aquellos seres obedecía al mismo orden litúrgico: primero, despertaban los pájaros; luego, la abuela, y, al final, los gatos. Consciente de aquella rutina matinal, el cojo se sorprendió cuando vio entrar al más viejo de los gatos a la cocina donde él desayunaba, y pensó que algo podría andar mal. ¡Cómo no! Aquella mañana él mismo había inaugurado esa anormalidad levantándose antes de tiempo, luego de la rotura su ventana.
Mientras observaba a Kai hurgando bajo la puerta de acceso a la bodega donde se guardaban los alimentos de pájaros y gatos, se preguntó por qué ningún pájaro sintió caminar a ese gato por el pasillo hacia la cocina y, entonces, reparó en un segundo detalle mucho más importante: ¿por qué los pájaros no despertaron con el ruido de la quebrazón de vidrios? Sin pensarlo dos veces, desentendiéndose del gato intruso, regresó a su habitación y de nuevo observó la ventana rota.
Los primeros rayos de sol matinal comenzaban a entrar; había vidrios por doquier. El forado ahora era más ancho y largo que al principio. Por ahí podría pasar una bandada completa de pájaros, pensó el cojo. Tras ello, se deslizó raudo al pasillo donde su madre y su abuela mantenían enjaulada a su cincuentena de pájaros. Al llegar allí, con estupor comprobó que no había ni un solo pájaro; todas las jaulas estaban abiertas. Ello explicaba por qué ninguno trinó al ver a Kai camino a la cocina. No solo eso, también le daba sentido al repentino aumento de tamaño del forado en la ventana rota, por donde, seguro, escaparon alborotados los pájaros desde el pasillo. ¿Quién abrió las jaulas?, ¿fueron los mismos pájaros?
El cojo tampoco lograba dilucidar cómo ni su abuela ni su madre habían escuchado nada, en circunstancias de que era imposible no escuchar a una bandada de pájaros volando por el pasillo. En un arranque de raciocinio, el cojo concluyó que la fuga de las aves se concretó mientras él estaba en la ducha. Era cierto; no obstante, quién había facilitado la huida seguía siendo una pregunta sin respuesta.
Antes de despertar a su abuela y a su madre, el cojo regresó a la cocina, lugar donde planeaba “enfrentar” a Kai, un felino muy cazurro y más inteligente que él mismo. Sin embargo, el minino ya había desaparecido. Al comprobar ese hecho, el cojo también observó que la puerta de la bodega de los alimentos para las mascotas estaba abierta, concluyendo que, si ese astuto animal podría haber abierto una puerta gigante como esa para él, por qué no habría podido hacer lo mismo con las pequeñas puertas de las jaulas en el pasillo. Hasta ahí todo tenía sentido, excepto que, de haber sido Kai el responsable de la apertura de las jaulas, ¿por qué ningún pájaro alertó su cercanía?
—Fue tu abuela quien olvidó cerrar bien las jaulas —aseguró la madre del cojo al entrar a la cocina, dando, de esta forma prematura e involuntaria, inicio a su diaria jornada.
—No me digas que Kai también escapó por la misma ventana.
—No creo, estoy segura. Pero, quédate tranquilo, volverá. También regresarán algunos pájaros, ¿acaso piensas que encontrarán otro hogar como este?
—En eso tienes razón, madre. Es muy difícil dejar atrás esta casa.
—Tú no te has ido porque no quieres; las puertas siempre están abiertas.
Decidida a evitar una nueva discusión con su hijo sobre su mil veces anunciada emancipación con sus consiguientes postergaciones, la mujer se dirigió al baño, no sin antes lanzar una advertencia.
—No olvides cerrar bien la puerta de calle cuando salgas, no vaya a ser que ahora escape tu abuela.
—No te preocupes. Ella también regresaría.
Hace dos años, coincidiendo con la opinión de la familia, la hermana del cojo había dejado el hogar tras un objetivo pertinaz. No era muy agraciada, pese a jactarse de no arrastrar el mismo defecto físico de su hermano; sin embargo, mantenía viva la esperanza de encontrar a alguien que la amara, aunque a veces se desanimaba en demasía. “Es más fácil que mi hermano deje de cojear que yo encuentre el verdadero amor”, solía decir.
Por ello, a nadie sorprendió que no lo pensara dos veces y que una mañana de otoño se marchara en búsqueda del que había prometido amarla como nadie lo había hecho. Afanada en esa idea, la familia no volvió a tener noticias suyas. Desde entonces, su paradero se transformó en un misterio; no obstante, cada cierto tiempo alguna persona se presentaba para dar la última seña de la muchacha, la que solía resultar falsa o imprecisa: que había sido asesinada por el enamorado, que abordó un bus con destino al norte, que la habían visto de noche merodeando por el barrio, que entraba y salía de su casa en ausencia del resto de la familia y que se marchaba cargada de bultos; más de alguien aseguró haberla visto llevándose uno de los tantos gatos que había en casa.
—Mientras yo no la veo con estos ojos, no creeré una sola palabra.
—Queda tranquilo, hijo; ya aparecerá.
Desde su habitación, mientras se incorporaba para dirigirse a la cocina a desayunar, la abuela escuchaba la conversación de su hija con su nieto. Ella era la única en esa casa que conocía el verdadero destino de la hermana del cojo. En sus conversaciones secretas, sostenidas mientras los otros dormían, abuela y nieta habían concebido un plan libertario. “Quiero que algún día seas libre; no tienes por qué pasar tu vida entera bajo el yugo de tu madre, igual que esos pobres pájaros que mantiene enjaulados; tampoco quieres que seas como tu hermano, que nunca dejó el nido”.
Cierto día, la muchacha abandonó el hogar con la confesa excusa de encontrar el anhelado amor. A su tiempo, la anciana le entregó su tarjeta bancaria para que girara su pensión, con la que podría sobrevivir a falta de los recursos que le proveía el cojo, a cambio de lavar sus camisas y calzoncillos, y de hacerle algunos encargos extravagantes.
Al entrar a la cocina, la abuela observó a su hija y a su nieto, quienes aún no lograban descifrar la misteriosa rotura del ventanal y la consecuente huida de los pájaros, a lo que ahora se sumaba la desaparición de Kai. La anciana sonrió y se dirigió al refrigerador, desde donde sacó su leche. Enseguida, con toda parsimonia, buscó en la alacena el pequeño lechero metálico, lo llenó de leche y la puso a calentar, sin quitarle la vista de encima a sus parientes desconcertados.
—Eres la única que no pregunta qué pasó durante la madrugada en esta casa, madre.
—¿Acaso no será que soy la única que sé lo que pasó?
—¿Qué esperas? Dilo, abuela.
—Fue el destino; estaba escrito. Algún día sucedería.
—¿Qué sucedería?
—¿Hija, no has pensado que todo está conectado y que nada es casualidad?
—Pues, entonces, habla.
La abuela no se inmutó, solo sorbió su leche caliente. Madre e hijo se miraban perplejos, sin entender la insoportable tranquilidad de la veterana, quien sonría a sabiendas de que ella era parte de la encrucijada.
Al mediodía, una mujer del vecindario llamó a la puerta del cojo y exigió hablar con la madre de una muchacha que vivía ahí y que, según le dijeron, era quien había roto varios vidrios de su galería del segundo piso.
—La única muchacha que vivía aquí es mi hija, pero hace ya mucho tiempo que no sé dónde se encuentra. Y, sépalo, señora: mi hija no nada por ahí quebrando los vidrios de los vecinos.
Al escuchar tal acusación, la abuela se aproximó a la puerta y le explicó a la acusadora que, debido a la baja altura y la poca fuerza de su nieta, resultaba inimaginable que pudiera alzarse para disparar una pedrada que alcanzara su bendita galería que, por lo demás, tampoco daba a la calle, como la de su casa, para ser vista en perspectiva como para transformarse en blanco fácil.
—Así será, señora; lo cierto es que, por la descripción que me dieron, se trata de su nieta.
Mientras se acercaba a su casa para almorzar, como solía hacer a diario, luego de tres horas en la oficina de partes, el cojo fue alertado por la discusión que sostenían las tres mujeres frente a su puerta, sin entender por qué su hermana era sindicada como responsable de la quebrazón de otros vidrios. No obstante, pasó de largo en medio de las mujeres y entró a su casa, desentendiéndose de la conversación, hasta que su madre y su abuela hicieran lo propio, dando un portazo terminal a la acusadora.
—En mi caso, no tengo dudas: mi ventanal fue roto desde la calle por un piedrazo. Eso es todo. Sobre la huida de los pájaros tampoco tengo duda alguna: todos juntos aprovecharon el boquerón y escaparon como reos de la cárcel tras el motín.
—Concuerdo con aquello, pero ¿quién abrió las jaulas?, ¿alguno de ustedes sospecha de alguien?, ¿acaso un desconocido entró a la casa mientras dormíamos y abrió las jaulas?
—Ya lo averiguaremos, madre.
Ya de regreso en la cocina, la madre se afanó en prepararle a toda prisa un plato de comida a su hijo, quien de inmediato debía regresar a la oficina de partes del ministerio.
—¿Al fin nos vas a contar lo que sabes, abuela?
La anciana no respondió. Mientras, su hija se esmeraba en atender a su retoño treintañero, quien, a su vez, no le quitaba la mirada de encima a la abuela.
—Creo que sabes mucho más de lo que imagino. Suéltala de una vez por todas.
—Quédate con tu curiosidad, para eso eres bueno; deja a tu abuela en paz y come tu plato —ordenó la madre.
—¿De qué sirve que nos quedemos con tremenda duda?, ¿acaso no quieres saber quién liberó a tus pájaros?, ¿será que tal vez sabes algo más?
—Volverán, de eso estoy segura; puedes estar tranquilo.
—¿Crees que más de cincuenta pájaros serían capaces de ponerse de acuerdo para regresar de una sola vez a su cautiverio?
—Cientos de miles de aves cada año vuelan organizadas desde Alaska a la Patagonia. ¿Qué te sorprende?
—Tus pajarracos jamás habían salido de esta casa, no tienen idea que otros pájaros realizan un viaje transcontinental; los criaste ignorantes y sumisos.
Al fin la abuela habló:
—En lo más profundo de su alma, cada uno de ellos incuba su deseo liberatorio; todas las aves abrigan la esperanza de la libertad. No necesitan aprender eso en libro alguno.
—En el caso de nuestros pájaros, admitiendo su ignorancia crasa, algún ser humano tendría que haber atizado ese anhelo. ¿No habrás sido tú quien les dio su carta de libertad?
La abuela volvió a callar.
Un segundo plato de comida se interpuso entre madre e hijo; enseguida, ambos volvieron a mirar a la anciana y le espetaron a coro su sospecha:
—¡Fuiste tú!
La abuela no abrió la boca, solo levantó la vista y los miró con odio. ¿Por qué esos dos, después de escucharla reivindicar el sueño libertario de las aves, ahora la apuntaban como su segura liberadora? En verdad, no estaban equivocados del todo, solo que, a esas alturas del día, aún su precaria inteligencia les impedía superar su antojadiza sospecha.
Tras la rotura del ventanal, la abuela, de acuerdo al plan trazado tiempo atrás con su nieta ahora ausente, en la madrugada se levantó de su cama sin hacer ruido y fue hasta la puerta de calle, donde dejó entrar a la joven, quien se dirigió rauda al pasillo y abrió cada una de las jaulas mientras el cojo caminaba hacia el baño a curarse su herida. Fue todo muy rápido y coordinado, como si el propio cojo también estuviera involucrado.
—Solo me falta liberar a tu hermano; pero, ya sabes cómo es.
—Un mamón que no podría sobrevivir sin su madre. ¿Qué le vamos a hacer, abuela?
Enseguida, la muchacha fue hasta la cocina y tomó entre sus brazos a Kai, y salió sigilosa, mientras los últimos pájaros concretaban su escape por el ventanal abierto de par en par.
—¿Tienes idea de quién quebró el ventanal de tu nieto?
—Lo ignoro.
—Debido a la posibilidad de que alguien me reconociera, busqué a una muchacha y le pagué para que hiciera ese trabajo por mí en la ventana de mi hermano, como lo acordamos, ¿recuerdas, abuela?; pero la muy idiota se equivocó de ventana y le rompió los vidrios a esa vieja soplona de la casa con galería.
—Eso vino a reclamar y te sindicó a ti como la responsable. ¿Si no fue ella, ¿quién rompió el vidrio de tu hermano?
Abuela y nieta concluyeron que aquella incertidumbre, de no revelarse pronto, quedaría como otro de los tantos misterios que rodeaban a su familia, sobre todo, después de la misteriosa desaparición del jefe de hogar, quien poseía la incivilizada costumbre de resolver sus conflictos mediante la violencia. “Era un animal, mejor que se haya marchado”, sentenció la abuela, mientras su nieta desaparecía con su gato en los brazos.
Tras engullir toda la comida que le sirvió la madre, el cojo salió de su casa y, durante algunos segundos, se quedó viendo su ventanal quebrado, el que poco antes de salir había cubierto con una bolsa de plástico mientras venían a reponerlo. Encendió un cigarrillo y bajó por Habana de regreso a la oficina de partes. Pensaba en su hermana desaparecida; también en Kai, al que ya comenzaba a extrañar. Encendió un segundo cigarrillo y siguió bajando por Habana. Ahora, cojeaba de nuevo, porque, como sabemos, que era cojo, lo era.
En la madrugada del 20 de septiembre el abuelo volvió a marcharse sin despedirse de todos, solo de su nieta. Se fue en el mismo taxi en que llegó. Esta vez el chofer no cojeaba. O eso creyó apreciar. ¿También se habrá mejorado de súbito como el cojo de la oficina de partes?






