por Amador Tixé

El laboratorio no olía a futuro, sino a aceite de motor, tabaco barato y el sudor frío de los hombres que sabían que estaban desafiando a Dios.

Ubicada en una antigua bodega de los años 50, la estructura no se parecía a nada que la ciencia oficial pudiera aceptar. De alguna manera, debía estar camuflada para los ciudadanos de la metrópolis puesto que los viajes en el tiempo no son trivialidades o cosa cotidiana. Para los investigadores, el postulado era simple, aunque incomprensible para la época: el tiempo no es una línea recta, sino un fluido de alta densidad. Para navegar en él no se requiere velocidad espacial, sino la ruptura de la inercia temporal mediante la cancelación de giros cinéticos.

Así y todo, el aparato descansaba en el centro del recinto. Ahí estaba la nave que contenía la máquina del tiempo, construida con algunos elementos propios de un dispositivo psicotrónico. De forma perfectamente redonda, la estructura de acero pulido poseía dos anillos concéntricos masivos; una parte corre hacia la derecha y otra hacia la izquierda. Mientras la máquina va girando en sentidos opuestos a frecuencias imposibles, el choque de los campos magnéticos genera un punto de masa nula en su interior, un pliegue donde el presente deja de existir.

En el perímetro, envueltos en abrigos pesados y sombreros de ala ancha, las personas viajantes esperan su turno. La regla más importante del protocolo de viaje era estricta y quebrantaba la intuición: todos los viajantes deben salir de a uno. Aunque la física del dispositivo permitía que la nave transportara a varios tripulantes al unísono hacia el mismo tiempo en una misma máquina, la singularidad de entrada al pasado era tan estrecha que debían usarla individualmente dentro de la nave. Entrar juntos al anillo exterior significaba la aniquilación atómica instantánea.

Desde la perspectiva de los viajantes, eran muchos los rostros; algunos conocidos entre ellos y otros que desde el anonimato emprendían este viaje. Entre ellos estaba un hombre de pocas palabras, apodado Pedro Piedra por su rostro cincelado en gesto adusto y su incapacidad para dudar. Pedro ajustó el cronómetro de pulsera en su muñeca y avanzó hacia la plataforma de embarque. Sabía que no había margen para la nostalgia. En este programa clandestino, cada viaje es una misión que cambia el futuro de personas individuales; no se trataba de salvar imperios ni de evitar guerras mundiales, sino de alterar pequeñas decisiones imperceptibles; un documento traspapelado, un freno que no responde o una carta no entregada para reescribir el destino exacto de un sujeto clave en las décadas posteriores.

Las turbinas rugieron. El anillo exterior giró hacia la derecha a ciento diez mil revoluciones por minuto, mientras el interior devoraba la luz hacia la izquierda. Pedro Piedra dio el paso hacia el centro del vórtice, desvaneciéndose en la luz violeta para cambiar la vida de un desconocido que, setenta años después, jamás sabría a quién agradecerle su existencia.

​Cuando el contador de la nave marcó 1954, Pedro entendió que faltaba menos para terminar su misión. Pedro se ajustó la solapa del abrigo mientras el hedor a azufre y metal caliente inundaba la cabina. El estruendo de los dos giroscopios era ensordecedor. Sin embargo, miró con poco asombro el vórtice de giros opuestos y de un momento a otro la vibración cesó de golpe. Según el protocolo, el sería el último en salir.

A su lado, la joven de la maleta de cuero se desvaneció al cruzar el umbral del anillo interior. La regla era implacable, todos los viajantes deben salir de a uno. La máquina los llevaba juntos al mismo segundo del pasado, pero la puerta de entrada a la historia exigía la soledad absoluta.

A Pedro Piedra no le llamaban así por dureza, sino por lo que ocultaba bajo el pecho;  la incapacidad de romperse, pasara lo que pasase. Su misión no era geopolítica. Bajo esa mirada, la organización no enviaba hombres al pasado para salvar presidentes o detener guerras. Cada viaje es una misión que cambia el futuro de personas individuales. Alterar el destino de una sola alma era suficiente para reordenar el cosmos.

Cuando le tocó su turno, atravesó confiado el portal. Inmediatamente, apareció en una esquina lluviosa de Santiago, bajo la luz amarilla de antiguos faroles, en la pared una pintura del presidente Ibáñez deteriorándose.   Mas allá, los motores de los autos de la época, el Ford Super Deluxe y la micro del recorrido Ovalle-Negrete, rugían apasionados diseminando el progreso que incipientemente aparecía en la Ciudad Capital.

A solo unos metros, sentada en la banca de una plaza vacía, una mujer joven lloraba en silencio, abrazando un sobre blanco cruzado por una cinta negra. Tenía las manos congeladas por el crudo invierno que asolaba a la ciudad.

Pedro se acercó sin hacer ruido. Sacó de su bolsillo un pequeño boleto de tren hacia el sur —comprado por la agencia cincuenta años después— y un par de guantes haka honu que no pertenecían a esa época. No dijo quién era. No podía. Solo se inclinó, le colocó los guantes en las manos tiritonas y le deslizó el pasaje en el regazo.

​—Suba a ese tren mañana a las ocho —dijo Pedro con voz rasposa—. Alguien la está esperando en Valdivia.

La mujer levantó la mirada, confundida, suspiró con los ojos empañados por las lágrimas. No sabía que esa misma noche, aplastada por la pena de una pérdida, pensaba caminar hacia el río y hacerse una con el universo. Tampoco sabía que ese tren la llevaría a conocer al hombre con el que construiría un hogar, ni que de esa línea hereditaria nacería, décadas más tarde, el médico que salvaría la vida de la propia hija de Pedro en el siglo XXI.

Pedro sonrió por primera vez en muchos años. Su misión no era salvar a un desconocido. Era salvar a su propia familia a través del tiempo, sacrificando su propio presente para siempre. Sin esperar respuesta, Pedro Piedra dio media vuelta, regresó a la penumbra de la callejuela donde la máquina giraba en silencio, y aceptó su destino; convertirse en un fantasma del pasado para que, en el futuro, los que él amaba y lo amaban pudieran finalmente sonreír.