Por José Luis Escalona Muñoz
Psicólogo y docente universitario | Mg en Neurociencias
Director Instituto para el desarrollo del pensamiento Kimün
Por primera vez desde la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, pareciera que la ciencia ha conseguido entrar realmente en la conversación pública chilena. No porque hayamos decidido, finalmente, darle el lugar que merece, sino porque durante los primeros meses de esta administración se ha convertido en escenario de controversias.
La ministra Ximena Lincolao ha debido enfrentar cuestionamientos por las nuevas orientaciones de Fondecyt, la revisión de Becas Chile y sus declaraciones sobre una eventual reconversión laboral de los profesores frente al avance de la inteligencia artificial. Pero detrás de cada una de estas discusiones aparece algo más profundo que un problema comunicacional: ¿qué entendemos por ciencia?
La pregunta importa porque existe una confusión que puede resultar peligrosa: pensar que la ciencia vale principalmente cuando sabemos de antemano para qué servirá.
La ciencia básica y la ciencia aplicada no son enemigas. La segunda muchas veces se construye sobre conocimientos producidos por la primera década atrás, cuando nadie podía anticipar su utilidad. La ciencia tiene, precisamente, esa particularidad: investiga aquello que todavía no conocemos. Y cuando no conocemos algo, difícilmente podemos saber cuánto dinero producirá, cuántos empleos generará o qué tecnología permitirá desarrollar.
Por eso me preocupa que el Presidente José Antonio Kast haya cuestionado investigaciones universitarias preguntándose por sus resultados económicos y utilizando como ejemplo aquellas que podrían terminar en un “libro precioso” sin generar empleos.
El problema no es el libro.
El problema es la idea de que una investigación necesita justificar su existencia demostrando, antes de comenzar, cuánto podrá producir.
Chile necesita tecnología, innovación, inteligencia artificial, industria y productividad. Sin duda. Pero detrás de cada una de ellas existe algo que no aparece en los discursos sobre crecimiento: conocimiento.
Detrás de una tecnología hay investigadores. Detrás de ellos hay universidades, laboratorios, formación doctoral y años de investigación. Formar un científico toma años; construir una comunidad científica toma décadas. Pretender desarrollar tecnología sin desarrollar conocimiento es querer comenzar una casa por el techo.
Y quizás eso es lo que estamos haciendo.
Queremos innovación, pero discutimos cuánto cuesta investigar. Queremos inteligencia artificial, pero no siempre estamos dispuestos a financiar a quienes producen el conocimiento que permitirá desarrollar la próxima tecnología. Queremos ser un país moderno, pero seguimos mirando la ciencia con la lógica de quien pregunta cuánto retorno tendrá una inversión antes de decidir si vale la pena hacerla.
Los países que hoy son potencias científicas entendieron algo sencillo: primero construyeron conocimiento, formaron investigadores y desarrollaron capacidades. Después construyeron industria sobre ese conocimiento.
Por eso Fondecyt y Becas Chile no son solamente partidas presupuestarias. Son decisiones sobre el país que queremos ser.
El Ministerio de Ciencia tampoco puede limitarse a seguir las prioridades económicas del gobierno de turno. Su tarea debería ser proteger algo mucho más difícil de medir: nuestra capacidad de hacer preguntas, producir conocimiento y descubrir aquello que todavía no sabemos.
Porque si el conocimiento solamente vale cuando podemos demostrar cuánto dinero producirá, entonces ya no estamos construyendo una política científica.
Estamos intentando rentabilizar el conocimiento.
Y un país que deja de producir conocimiento no deja simplemente de investigar.
Empieza a depender de quienes sí lo producen.
Por eso la pregunta no es solamente cuánto cuesta la ciencia.
La pregunta es:
¿Cuánto le va a costar a Chile dejar de producirla?





