Por José Luis Escalona Muñoz
Psicólogo y docente universitario | Mg en Neurociencias
Director Instituto para el desarrollo del pensamiento Kimün
Desde el origen de nuestra especie, pensamos con otros. Aprendemos con otros. Construimos la realidad con otros. Esa capacidad hizo posible nuestra evolución cultural y nuestras formas de vivir, organizarnos y decidir.
Pero junto a ella apareció otra capacidad: usar la información para convencer, disuadir y manipular.
Donde existió lenguaje, existió discurso emocional. Donde existió escritura, existió propaganda y marketing. Y donde existieron redes sociales, aparecieron los bots.
El problema es que esa capacidad de influencia se ha vuelto muy sofisticada. Nuestra cultura política todavía no lo entiende del todo.
El caso de Fernando Cerimedo resulta muy ilustrativo. Su nombre se ha asociado a operaciones de desinformación y redes coordinadas para amplificar ciertas narrativas políticas. En Chile ganó relevancia por acusaciones de operaciones digitales durante el gobierno de Gabriel Boric, y por sus eventuales vínculos con el equipo del actual presidente José Antonio Kast, quien ha negado tajantemente cualquier participación.
Pero incluso dejando de lado lo que aún debe probarse, el problema sigue ahí. Porque los bots no votan. Eso es evidente, pero tampoco lo necesitan.
Aquí aparecen dos posturas igual de ingenuas. Una dice que los bots no importan, porque no votan. La otra supone que las personas son pasivas, manipulables a voluntad. Ninguna explica bien cómo decidimos.
Nadie es del todo libre de sus influencias. Pero tampoco somos plastilina en manos de otros. Toda comunicación política busca influir. La manipulación empieza en otro punto: cuando esa influencia se vuelve opaca a propósito. Cuando explota vulnerabilidades. Cuando fabrica una sensación artificial de consenso. Cuando usa recursos desproporcionados para construir un entorno informativo hecho a la medida de una respuesta.
Y surge una pregunta incómoda. Si alguien con suficiente dinero puede comprar campañas, segmentación, publicidad y redes coordinadas, ¿qué tan libre es nuestra elección?
La cuestión se vuelve todavía más compleja porque la información nunca llega a una mente neutral. Llega a una mente que ya tiene una historia.
Tomamos decisiones desde nuestros sesgos, emociones, experiencias y pertenencias. Por eso la manipulación contemporánea no necesita convencernos de cualquier cosa. Puede ser mucho más eficiente: encontrar lo que ya estamos dispuestos a creer, y amplificarlo.
Los algoritmos aprenden qué nos interesa, qué nos irrita, qué ya estamos dispuestos a creer. Con eso arman entornos informativos donde la repetición parece consenso, y donde lo que confirma nuestras certezas aparece una y otra vez frente a nosotros. Quizás por eso necesitamos desempolvar un concepto del siglo XIX: el librepensamiento.
Pero no podemos recuperar esa idea de forma ingenua, como si nuestro entorno cognitivo fuera el mismo de entonces. El problema ya no es que alguien nos impida pensar. Es que existen sistemas capaces de ofrecernos millones de estímulos, cuidadosamente elegidos, para que sintamos que pensamos libremente.
El librepensamiento del siglo XXI necesita nuevas herramientas.
No necesitamos más información. De eso ya estamos saturados. Tenemos tanta que, paradójicamente, cada vez cuesta más distinguir verdad de mentira, evidencia de repetición, relevancia de ruido. Necesitamos fricción.
Fricción significa detenernos antes de compartir lo que confirma nuestra indignación. Buscar el argumento contrario a propósito. Preguntarnos por qué cierta información nos parece tan evidente, cómoda o irritante. Exponernos a lo que nuestro propio entorno cognitivo tiende a excluir.
Incluso podríamos usar la inteligencia artificial para esto. No para que piense por nosotros, sino para ayudarnos a pensar contra nosotros mismos: que nos muestre argumentos contrarios a los nuestros, y perspectivas que nuestro algoritmo habitual no nos deja ver. Pero la tecnología es sólo una herramienta. La fricción es una actitud. Y quienes trabajamos con personas tenemos aquí una responsabilidad especial. No decirle al ciudadano qué debe pensar, sino ayudarlo a entender cómo está pensando: a reconocer sus sesgos, sus emociones, las influencias que pesan sobre sus decisiones.
Porque nadie es del todo libre de sus influencias. Pero tampoco estamos condenados a ser manipulados por ellas. Entre ambas ingenuidades existe un espacio que debemos recuperar: la capacidad de detenernos, contrariarnos y volver a decidir. Estamos entrando en una era que avanza más rápido de lo que podemos comprender. Por eso el librepensamiento ya no basta. Necesitamos fricción en nuestras redes, en nuestras conversaciones y en nuestras decisiones.
Porque los bots no votan. Pero pueden conseguir algo mucho más sofisticado: hacer que votemos nosotros por ellos.





