Por Juan Neftí

La casa solo tenía ventanas. Las puertas estaban prohibidas, pues toda puerta contenía la posibilidad de una salida y toda salida era considerada una forma prematura de desacuerdo. Las autoridades afirmaban que nadie necesitaba abandonar un lugar si había sido correctamente asignado a él. Por esa razón, las casas se construían con cientos de ventanas, algunas abiertas hacia el exterior y otras hacia habitaciones que no existían. Los habitantes entraban por las ventanas y también por ellas eran retirados.
Las ventanas más bajas estaban destinadas a los niños, los enfermos y los arrepentidos. Las más altas pertenecían a quienes habían logrado demostrar que no querían escapar. Para acceder a ellas era necesario subir por escaleras móviles que cambiaban de posición durante la noche. Nadie sabía quién las movía. Se suponía que era el viento, aunque desde hacía varios siglos el viento había sido declarado una superstición.

En la casa principal, donde se celebraba la Competencia de las Respuestas Definitivas, existía una ventana gigantesca que daba hacia el interior del edificio. Al otro lado podía verse una multitud, pero nunca el cielo tal como lo conocemos.
Aquella noche, el público había ocupado sus asientos desde muy temprano. Era la noche del Perdón Universal, una ceremonia que se realizaba cada treinta y tres años para absolver a todos de faltas que aún no habían cometido. Los asistentes vestían túnicas claras y llevaban sobre el rostro máscaras con la expresión exacta que deseaban mostrar. Algunos habían elegido la alegría. Otros, una tristeza sobria. La mayoría usaba la expresión oficial de esperanza moderada.

Antes de comenzar la competencia, los altavoces recordaron las normas:

-Cada participante puede formular una sola pregunta. La pregunta debe ser verdadera, aunque no necesariamente comprensible- repetían incesantes.

Eso simplemente. La tradición, tal como se enseñaba de padres a hijos, señalaba que la respuesta de la pantalla era la definitiva,  no había más  alternativa, no se cuestionaba.

Los altavoces, mágicamente mimetizados, emitían estas reglas básicas en los idiomas oficiales y en algunos dialectos de los que formaban parte de la gran Mesa

Quien recibiera un “SÍ” podía continuar.

Quien recibiera un “NO” sería liberado.

Sin embargo, nadie explicaba qué significaba ser liberado.
El competidor Alfa fue el primero en acercarse al centro del escenario. Se lo conocía únicamente por esa denominación, pues durante la preparación para el torneo había renunciado a su nombre. Según dijo entonces, los nombres inducían una confianza innecesaria en la continuidad del yo.

Era delgado, de movimientos precisos, y llevaba en la frente una marca circular que indicaba que había sido educado en las ciudades sumergidas. Allí, los habitantes aprendían desde pequeños a respirar de manera intermitente y a formular pensamientos breves, para no consumir demasiado oxígeno.

El competidor alfa observó la pantalla.

La pantalla era más grande que el muro que la sostenía. Nadie sabía dónde comenzaba ni dónde terminaba. Durante el día proyectaba comunicados, sentencias y predicciones meteorológicas para climas que ya no existían. Durante la competencia, sin embargo, debía responder únicamente con un “SÍ” o con un “NO”.

El competidor alfa comenzó preguntando por lo obvio:

—¿Es la verdad lo único real?

La pantalla pasó de azul a un tono malva.

El cambio de color produjo cierta inquietud entre los técnicos. El malva no estaba contemplado en el protocolo y, según los manuales antiguos, solo había aparecido dos veces: durante la abolición de la memoria individual y el día en que los peces solicitaron representación política.

Luego, una palabra apareció en medio del monitor gigante:

“NO”.

Durante algunos segundos, nadie respiró.

El competidor Alfa sonrió, quizá porque había comprendido la respuesta o porque creyó que los demás esperaban que la comprendiera. Entonces, sin más, una luz blanca descendió desde el techo y envolvió su cuerpo. Primero desaparecieron sus zapatos. Después las piernas, el torso y los brazos. Su rostro permaneció visible por unos instantes, suspendido dentro de la claridad, hasta que también fue retirado.

No quedó ceniza ni sombra.
El público estaba decepcionado.

Era noche de Perdón Universal y se esperaba que la pantalla mostrara una disposición más compasiva. Algunos espectadores comenzaron a murmurar que la pregunta había sido demasiado simple. Otros sostenían que la respuesta era, en realidad, una forma superior de misericordia. Un anciano del tercer nivel aseguró haber visto al competidor alfa reaparecer en una de las ventanas interiores, aunque nadie pudo confirmar su relato.

Los jueces pidieron silencio.

Los jueces no se encontraban presentes físicamente. Sus voces surgían de unas cajas negras instaladas bajo los asientos. A veces las cajas emitían órdenes contradictorias, pero los organizadores insistían en que se trataba de distintos matices de una misma decisión.

El segundo competidor provenía de las Altas Montañas.

Esas montañas habían nacido después del gran bombardeo atómico ocurrido aproximadamente mil años atrás. Los registros oficiales afirmaban que el impacto había deformado la corteza terrestre hasta levantar enormes columnas de piedra, metal y huesos minerales. Sin embargo, los habitantes de las alturas aseguraban que las montañas siempre habían estado allí y que era el resto del mundo el que había descendido.
La raza de las montañas era extraña, metódica y solidaria.

No se consideraban humanos ni aceptaban ser llamados mutantes, aunque descendían de los primeros seres nacidos después de la radiación. Sus cuerpos eran largos y resistentes. Tenían la piel casi transparente y, bajo ella, podían verse redes de luz que se encendían según sus pensamientos. Cuando sentían miedo, brillaban de color verde. Cuando mentían, sus cuerpos dejaban de producir sombra.

Vivían en comunidades verticales construidas sobre las laderas más altas. Allí no existían propiedades individuales. Cada habitante cuidaba los objetos hasta que estos decidían pertenecer a otro. Sus ciudades estaban unidas por puentes estrechos y ascensores de aire que solo funcionaban si quienes viajaban en ellos mantenían pensamientos compatibles.

También eran los principales productores de energía del planeta. En las cumbres habían construido enormes cámaras capaces de capturar la electricidad de las tormentas. De ellas descendían torres que distribuían energía hacia las ciudades, los desiertos, los mares artificiales y las regiones donde todavía habitaban especies no catalogadas.

Las torres atravesaban todo el mundo como agujas clavadas en la superficie. Cada torre contenía miles de cables y dentro de cada cable viajaban impulsos eléctricos, mensajes privados, recuerdos digitales y fragmentos de sueños recogidos durante la noche. Por eso, cuando una torre fallaba, no solo se apagaban las luces. Algunas personas olvidaban a sus padres. Otras despertaban convencidas de haber vivido vidas ajenas.

El nombre del segundo competidor era Asram. En su idioma, Asram significaba “el primero”, aunque no era el primer hijo, ni el primer elegido, ni el primer habitante de su comunidad en participar en la competencia. El nombre había sido asignado antes de su nacimiento por una máquina genealógica que predijo que, en algún momento, él sería el primero en hacer algo que nadie sabría reconocer.

Descendía de los primeros humanos transformados por la radiación en las montañas. Su familia había cuidado durante generaciones una de las torres centrales, la Torre Nueve, responsable de proporcionar energía a casi todo lo que existía al sur del planeta. Se decía que la Torre Nueve también alimentaba a la pantalla.

Asram descendió hasta la casa de las ventanas después de un viaje de cuarenta días. No utilizó vehículos. Los habitantes de las alturas consideraban que toda máquina destinada a acortar un trayecto terminaba prolongando alguna otra distancia.

Cuando apareció en el escenario, el público guardó silencio. Su cuerpo emitía un resplandor tenue. No era verde, por lo que nadie podía afirmar que sintiera miedo. Tampoco había perdido su sombra, de modo que, al menos según la fisiología de su pueblo, no estaba mintiendo.

Se ubicó frente a la pantalla. Durante varios minutos no formuló ninguna pregunta.

Los jueces le recordaron que el tiempo estaba transcurriendo. Asram respondió que el tiempo siempre estaba transcurriendo y que no comprendía por qué, en aquella ocasión, eso debía considerarse una amenaza.

Luego levantó la cabeza.

Su primera y única pregunta fue:

—¿Uno puede ser dos, y dos pueden ser todos, y todos pueden ser tú?

La pantalla comenzó a variar de colores frente al participante.

Primero fue roja. Después amarilla. Luego mostró un blanco tan intenso que muchos espectadores cerraron los ojos. Finalmente, adquirió un color que nadie pudo describir. Algunos dijeron que era semejante al recuerdo de un color. Otros aseguraron que la pantalla no había cambiado, sino que ellos habían comenzado a verla desde otra persona.

En el centro apareció una respuesta tranquilizadora:

“SÍ”.

El público aplaudió.

Los aplausos surgieron con un leve retraso, como si hubieran sido autorizados desde algún lugar remoto.

Asram permaneció inmóvil.
Los jueces declararon que había superado la primera fase. Sin embargo, el programa oficial establecía que no existía una segunda fase. Los técnicos revisaron los documentos. Los documentos confirmaron ambas cosas: que Asram debía continuar y que la competencia había concluido.

Entonces ocurrió algo que no estaba contemplado. Todas las ventanas de la casa se abrieron al mismo tiempo.

A través de ellas no se vio el exterior, sino múltiples versiones de la misma sala. En cada una había otro público, otra pantalla y otro Asram formulando la misma pregunta. En algunas versiones recibía un “NO”. En otras, la pantalla permanecía en silencio. En una de ellas, el competidor Alfa seguía en el escenario y era Asram quien desaparecía bajo la luz.

Los espectadores dejaron de aplaudir.

Por primera vez, comprendieron que ellos también podían estar siendo observados desde otra ventana.

Asram se acercó al monitor gigante.

Su reflejo no apareció en la superficie. En su lugar, la pantalla mostró miles de rostros superpuestos: niños, ancianos, habitantes de las ciudades sumergidas, trabajadores de las torres, jueces sin cuerpo y personas que aún no habían nacido.

—Entonces, ¿quién ha respondido? —preguntó.

Los altavoces emitieron un sonido grave.

La pantalla cambió nuevamente de color.

Pero Asram ya había formulado su pregunta permitida y, de acuerdo con las normas, ninguna segunda pregunta podía recibir respuesta.

A pesar de todo, en el centro del monitor apareció una frase que no era un “SÍ” ni un “NO”:

“USTEDES”.

El público esperó una sanción.

La luz descendió desde el techo, pero esta vez no envolvió al participante. Se extendió lentamente por las gradas, atravesó las máscaras, los cuerpos y las cajas negras desde donde hablaban los jueces.

Nadie desapareció. O quizá todos desaparecieron de manera simultánea, volviendo al origen, al espacio ganado, pero no quedó nadie capaz de advertirlo o , de alguna manera, volver y contarlo.

Sin embargo, las ventanas permanecieron abiertas… y las puertas, como siempre en este universo, continuaron prohibidas.