Por Rodrigo San Juan.

El mundo presente está compuesto por personas que no se suicidaron hoy. No es una hazaña heroica, es más bien un acto mecánico, como ponerse los zapatos o aceptar que el café sabe peor de lo que prometía. Nadie aplaude. El mundo simplemente continúa, como un perro viejo que ya no aprende trucos y no espera nada de ti.

Sin, embargo, siempre ha existido todo. Antes de que pensaras en ello, antes de que te preguntaras si valía la pena levantarte, ya estaba ahí: la silla alargada donde te sientas en los sueños, incómoda pero familiar; las vírgenes sonámbulas cayendo de algún paraíso perfecto que nunca fue auditado por nadie. Caen sin gritar. Caen porque caer también es una forma de obediencia.

Algunos ya lo saben. La mañana no trae respuestas, solo repite la pregunta. Y entonces aparece esa frase como una orden sin remitente: debes hacer aquello que no puedes no hacer. No porque sea noble. No porque te vaya a salvar. Sino porque si no lo haces, algo en tu interior se pudre lentamente, como fruta una olvidada en una cocina de post guerra.

Eso debería ser todo, el vacío, la nada. Sin embargo, cada ser humano carga un universo en movimiento. No uno grandioso, no uno digno de documentales, sino uno lleno de fallas, pequeñas estrellas rotas y pensamientos que chocan entre sí como botellas en un bar barato. Caminamos con esos universos a cuestas, vibrando en el aire como peces torpes fuera del agua, fingiendo que este medio nos pertenece.

Así y todo, externamente nos trasladamos: al trabajo, al recuerdo, al error. Internamente algo nunca se detiene. Gira, insiste, se recalibra. A veces logramos mimetizarnos. A veces, por unos segundos —fumando, escribiendo, mirando por la ventana de un autobús— somos uno con el universo que nos contiene. No felices, pero enteros.

Es aquí donde estas tu. El tiempo es la llave. No corre, no huye: espera. La puerta está ahí desde siempre, oxidada, silenciosa. No se abre a golpes ni a rezos. Se abre cuando aceptas que no hay otra cosa que hacer más que seguir moviéndote, arrastrando tu universo, respirando este aire improbable.

Y al final del día, sin redenciones ni moralejas, el mundo sigue compuesto por personas que no se suicidaron hoy. Algunas por miedo. Otras por costumbre. Unas pocas porque, pese a todo, encontraron la puerta y decidieron cruzarla mañana.