«La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento.»
Byung-Chul Han

Por Le Plume.

Hay temas que aparecen y desaparecen de la conversación pública como si fueran una moda. La salud mental, en cambio, nunca se ha ido. Ha estado ahí, silenciosa, detrás de la fatiga cotidiana, del insomnio que se vuelve costumbre, de la ansiedad que muchos llaman simplemente “estrés”, de la tristeza que se disfraza de cansancio y de la soledad que se esconde detrás de una vida aparentemente conectada. Lo extraño no es que hoy hablemos más de salud mental; lo extraño es que durante tanto tiempo hayamos hablado tan poco de ella.

Vivimos en una época que ha aprendido a medir casi todo: productividad, crecimiento económico, audiencias, rendimiento escolar, inflación, seguridad, consumo y opinión pública. Sin embargo, seguimos teniendo dificultades para mirar algo más íntimo y decisivo: cómo estamos viviendo por dentro. La salud mental atraviesa la vida común, incluso la de quienes parecen funcionar sin dificultad. Está en la forma en que pensamos, sentimos, recordamos, trabajamos, amamos, dormimos, decidimos, enfermamos y nos relacionamos con otros.

La Organización Mundial de la Salud ha advertido que más de mil millones de personas viven con alguna condición de salud mental. La OCDE agrega una cifra difícil de esquivar: en un momento determinado, cerca de una de cada cinco personas experimenta un problema de este tipo, y una de cada dos lo vivirá en algún momento de su vida. No estamos, entonces, frente a un fenómeno marginal ni ante una suma de casos aislados. Estamos ante una de las grandes preguntas de nuestro tiempo: qué está ocurriendo en nuestras sociedades para que el sufrimiento psíquico se haya vuelto tan común, tan silencioso y, al mismo tiempo, tan normalizado.

Chile no está fuera de ese mapa. Diversos estudios recientes han mostrado niveles relevantes de ansiedad, síntomas depresivos, insomnio, soledad percibida y sospecha de problemas de salud mental. La ansiedad aparece como una de las señales más extendidas, mientras la depresión muestra diferencias importantes entre hombres y mujeres. Pero las cifras, por sí solas, no alcanzan. El dato informa; rara vez conmueve. Detrás de cada porcentaje hay una persona que quizá sigue funcionando, contestando mensajes, trabajando, cuidando a otros, pagando cuentas y sonriendo incluso, mientras por dentro algo se le vuelve cada vez más difícil de sostener.

Puede ser alguien que llega puntual al trabajo después de haber dormido apenas tres horas. Alguien que responde “todo bien” mientras siente el pecho apretado. Alguien que revisa el teléfono una y otra vez, no porque espere una noticia urgente, sino porque el silencio se le volvió insoportable. En esa normalidad aparente se esconde una parte importante del problema: hemos aprendido a convivir con ciertos malestares hasta confundirlos con la vida misma.

Una de las razones por las que la salud mental se comprende mal es que solemos imaginar la mente como si fuera una habitación separada del cuerpo, de la sociedad y de la historia personal. Pero la mente no funciona así. La mente recuerda, interpreta, anticipa, se defiende, se equivoca y se adapta. No es una cámara que registra la realidad de manera exacta. Es más bien un sistema vivo que construye significado. Lo que llamamos realidad no es solo lo que ocurre allá afuera, sino también lo que nuestro cerebro, nuestra memoria, nuestras emociones y nuestro cuerpo hacen con eso que ocurre.

Por eso dos personas pueden vivir una misma situación y experimentarla de formas completamente distintas. Una pausa en una conversación puede ser calma para alguien y abandono para otro. Una mirada puede sentirse como indiferencia, juicio o cariño, según quién la recibe y qué historia trae consigo. Una molestia física puede interpretarse como cansancio, enfermedad o ansiedad. El mundo externo existe, por supuesto, pero nuestro acceso a él está mediado por una construcción subjetiva. No vemos solo con los ojos: vemos también con la memoria, con el miedo, con el deseo, con el cuerpo, con las heridas y con las expectativas.

 

Si la mente interpreta el mundo, también lo hace desde la memoria. Solemos pensar que una buena memoria es aquella que conserva todo, pero no es así. Una memoria sana también necesita olvidar. El olvido no siempre es una falla; muchas veces es una forma de higiene mental. Olvidar nos permite distinguir lo relevante de lo irrelevante, no quedar sepultados bajo toneladas de información emocional y no vivir cada situación nueva como una repetición exacta de lo que ya ocurrió. Si recordáramos todo con la misma intensidad, la vida sería insoportable. El problema aparece cuando la memoria se vuelve selectiva en contra nuestra: cuando conserva con demasiada fuerza la humillación, el abandono, la culpa o el fracaso, y deja en sombra las experiencias de cuidado, logro, ternura o reparación.

Entonces aparecen esos pensamientos negativos que parecen llegar sin permiso. “No soy suficiente”. “Algo malo va a pasar”. “Seguro me rechazan”. “Siempre arruino todo”. Muchas personas se preguntan por qué no pueden detenerlos si, en apariencia, nunca los eligieron. Esa pregunta es profundamente humana. La respuesta no es simple, pero puede ser liberadora: muchos pensamientos surgen de manera automática, aunque no surgen de la nada. Nacen de redes de memoria, hábitos de interpretación, estados corporales, experiencias pasadas y formas aprendidas de anticipar el mundo. No siempre escogemos el primer pensamiento que cruza nuestra mente; pero sí podemos aprender a observarlo, cuestionarlo y relacionarnos con él de una manera menos obediente. No siempre podemos impedir que una idea aparezca, pero sí podemos aprender a no entregarle el mando de nuestra vida.

La rumiación —ese dar vueltas una y otra vez sobre lo mismo— es uno de los grandes males silenciosos de esta época. La mente intenta resolver algo, pero termina encerrada en un pasillo circular. Pensar no siempre aclara; a veces hunde. La diferencia entre reflexionar y rumiar está en que la reflexión abre caminos, mientras la rumiación los estrecha. En una cultura que premia la hiperactividad, el rendimiento y la autoexigencia, muchas personas viven atrapadas en una conversación interna cruel, repetitiva y agotadora. Como esa conversación no se ve, suele pasar inadvertida.

Y si la memoria moldea nuestra manera de pensar, los vínculos moldean nuestra manera de sostenernos. La soledad se ha convertido en uno de los símbolos más inquietantes de nuestro tiempo. Nunca hemos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, muchas personas se sienten menos acompañadas que nunca. La paradoja es brutal: hiperconectados y, al mismo tiempo, emocionalmente aislados. Podemos enviar mensajes en segundos, mirar la vida de cientos de personas al día, reaccionar con emojis, compartir fotografías y opinar sobre todo; pero nada de eso garantiza intimidad, pertenencia ni presencia real. La conexión tecnológica no siempre produce conexión humana.

La soledad juvenil merece una atención particular. No se trata simplemente de jóvenes “pegados al celular” o de una generación “más débil”, como a veces se dice con una ligereza injusta. Se trata de una generación que crece expuesta a la comparación permanente, la incertidumbre, la precariedad, la crisis climática, la presión por rendir y la necesidad de construir identidad bajo vigilancia pública. Antes, equivocarse podía ser una experiencia privada. Hoy, muchas veces, la imagen personal parece estar siempre en vitrina. La pregunta “quién soy” se vuelve más difícil cuando se responde ante una audiencia invisible.

Pero la soledad no afecta solo a los jóvenes. Es una experiencia transversal. Una persona puede estar rodeada de compañeros de trabajo, familia o contactos digitales y sentirse profundamente sola. Porque la soledad no es únicamente ausencia de gente; es ausencia de vínculo significativo. Es no sentirse visto, no sentirse comprendido, no sentir que la propia vida importa para otros. Muchas formas de sufrimiento contemporáneo tienen que ver con esa falta de reconocimiento: estar presente, pero no sentirse registrado; hablar, pero no sentirse escuchado; convivir, pero no sentirse acompañado.

El malestar, sin embargo, no queda encerrado en la mente. Tarde o temprano, también habla desde el cuerpo. Durante mucho tiempo se separó lo psicológico de lo físico como si fueran dos mundos distintos. Hoy sabemos que esa división es insuficiente. La conexión psicosomática existe. El cuerpo habla, aunque no siempre sepamos escucharlo. La ansiedad puede sentirse como presión en el pecho, palpitaciones, tensión muscular o problemas digestivos. La tristeza puede aparecer como cansancio, alteraciones del sueño o pérdida de apetito. El estrés crónico puede modificar la respiración, el sistema inmune, la inflamación y la percepción del dolor. Esto no significa que los síntomas físicos sean inventados ni que todo esté “en la cabeza”. Significa algo más serio: mente y cuerpo forman un sistema integrado.

La interocepción, esa capacidad de percibir lo que ocurre dentro del cuerpo, se ha vuelto un concepto clave para comprender la salud mental. Muchas personas ya no reconocen a tiempo sus señales internas. No notan el cansancio hasta que colapsan, no identifican la ansiedad hasta que se convierte en crisis, no registran la tristeza hasta que pierden completamente el interés por la vida cotidiana. Aprender a escuchar el cuerpo no es una moda de bienestar: es una forma básica de alfabetización emocional.

También somos herederos. No solo heredamos rasgos biológicos, sino formas de reaccionar, silencios familiares, miedos transmitidos, mandatos sociales, estilos de apego, maneras de enfrentar el conflicto y de interpretar el dolor. La epigenética y las ciencias del comportamiento han mostrado que la relación entre biología y ambiente es mucho más dinámica de lo que se pensaba. No estamos determinados de manera absoluta por nuestra historia, pero tampoco partimos desde cero. Cada persona llega al presente con una biografía escrita en la memoria, en el cuerpo y en los vínculos.

Aquí aparece una idea esperanzadora, aunque a veces mal entendida: la plasticidad cerebral. El cerebro puede cambiar. Puede aprender nuevas formas de responder, crear asociaciones distintas, debilitar hábitos dañinos y fortalecer caminos más saludables. Pero la plasticidad no es magia ni voluntarismo. No basta con decir “piensa positivo” o “cambia tu actitud”. El cerebro cambia con repetición, contexto, vínculos seguros, descanso, terapia, experiencias nuevas, regulación emocional y condiciones de vida que permitan sostener el cambio. También puede cambiar en sentido contrario: la ansiedad repetida, la evitación, la soledad y el estrés crónico pueden reforzar circuitos de malestar.

Por eso es tan importante no reducir la salud mental a una responsabilidad individual. Hay una parte personal, sin duda: hábitos, decisiones, lenguaje interno, capacidad de pedir ayuda. Pero también hay una parte social enorme. Uno de los riesgos de nuestra época es convertir todo malestar en una tarea individual: si estás ansioso, regula; si estás agotado, organízate; si estás solo, socializa; si no puedes más, sé resiliente. Pero hay sufrimientos que no se explican solo por la biografía de una persona, sino por la forma en que una sociedad distribuye el tiempo, el cuidado, la seguridad, el reconocimiento y las oportunidades.

Desde la salud pública, esto se conoce como determinantes sociales: condiciones de vida, trabajo, vivienda, seguridad, educación, acceso a servicios y redes de apoyo que influyen directamente en el bienestar. No se puede hablar seriamente de salud mental sin hablar de ingresos, barrios, transporte, endeudamiento, jornadas laborales, escuelas, listas de espera, redes comunitarias y sentido de futuro. Una persona agotada por la precariedad no necesita solo una aplicación de meditación. Una familia que no logra acceder a atención oportuna no necesita solo “más resiliencia”. Un adolescente aislado no necesita únicamente que le quiten el celular. Necesitamos mirar más profundo.

La salud mental también se relaciona con la identidad. Somos, en parte, el relato que hacemos de nosotros mismos. Cada persona organiza su vida como una historia: lo que le pasó, lo que perdió, lo que logró, lo que teme, lo que espera y lo que cree merecer. Algunas historias nos ayudan a vivir; otras nos condenan. Hay quienes se narran como fracaso, carga, amenaza, invisible o insuficiente. Y no siempre porque eso sea verdad, sino porque ciertas experiencias dejaron marcas tan fuertes que terminaron pareciendo identidad.

Sanar, muchas veces, implica reescribir sin mentir. No se trata de inventar una versión optimista y superficial de uno mismo, sino de construir una narración más completa. No soy solo lo que me pasó. No soy solo mi peor etapa. No soy solo mi síntoma. No soy solo mi error. Esa reconstrucción narrativa es central, porque una persona que se piensa condenada tiene menos margen para actuar que una persona que logra verse en proceso.

Los síntomas, entonces, no deberían ser vistos únicamente como enemigos. Son señales. La ansiedad, la tristeza, el insomnio, la irritabilidad, la desconexión o el dolor corporal pueden indicar que algo en el sistema necesita atención. A veces anuncian una enfermedad; otras veces revelan una vida sobrecargada, una pérdida no elaborada, una soledad persistente, una contradicción entre lo que se vive y lo que se necesita. Escuchar el síntoma no significa idealizar el sufrimiento. Significa tomarlo en serio antes de que grite más fuerte.

Chile, como muchos países, enfrenta una doble dificultad: una alta presencia de malestar y barreras para reconocerlo o tratarlo. Una proporción importante de personas con sospecha de problemas de salud mental no siente necesidad de atención. Esto puede deberse al estigma, al desconocimiento, a la normalización del sufrimiento, a la falta de recursos, a malas experiencias previas o simplemente a la costumbre de seguir funcionando hasta que el cuerpo o la mente se quiebran. En nuestra cultura todavía pesa la idea de aguantar. Aguantar como virtud, aguantar como prueba de carácter, aguantar como mandato. Pero aguantar demasiado también enferma.

El problema es que la salud mental rara vez ocupa el centro de la agenda pública con la profundidad que merece. Aparece cuando hay una tragedia, cuando una cifra alarma, cuando una encuesta revela un aumento o cuando una figura conocida habla del tema. Luego vuelve a quedar debajo de asuntos considerados más urgentes, como si no estuviera conectada con todos ellos. La salud mental está detrás del ausentismo laboral, del rendimiento escolar, de la violencia, del consumo problemático, de la convivencia familiar, de la productividad, de la confianza social, de la participación ciudadana y de la calidad democrática. Una sociedad que desatiende su malestar emocional no solo sufre en privado: también decide, trabaja, vota, educa y convive desde ese desgaste.

Hablar de salud mental es ampliar la mirada: reconocer que toda vida social tiene también una dimensión emocional. Es aceptar que la mente tiene mecanismos, que el cuerpo guarda señales, que la memoria selecciona, que la percepción interpreta, que los vínculos sostienen o rompen, que la soledad enferma, que el relato personal importa y que las condiciones sociales pueden aliviar o agravar el sufrimiento.

Quizá el gran desafío sea cambiar la pregunta. No basta con preguntarnos por qué tantas personas están ansiosas, deprimidas o solas. También hay que preguntarnos qué tipo de vida estamos construyendo para que esos estados se vuelvan tan comunes. Qué ritmo estamos normalizando. Qué vínculos estamos perdiendo. Qué formas de éxito estamos persiguiendo. Qué espacios de comunidad hemos debilitado. Qué dolores hemos aprendido a llamar simplemente cansancio.

La salud mental no es un lujo de sociedades cómodas. Es una condición básica para vivir con dignidad. Necesita políticas públicas, atención oportuna, educación emocional, prevención, investigación, comunidades más presentes y una conversación cultural menos superficial. También nos obliga a recuperar una pregunta antigua y urgente: no solo cómo vivir más, sino cómo vivir mejor; no solo cómo producir más, sino qué tipo de existencia merece ser sostenida.

Porque ese ruido ya es demasiado fuerte. Y si escuchamos con atención, no habla solo de vidas individuales sobrepasadas. Habla, en mayor o menor medida, de todos nosotros.

Tal vez la tarea no sea solo hablar más de salud mental, sino escuchar de otra manera. ¿Qué nos dicen el cansancio, la soledad y la ansiedad sobre la vida que estamos llevando? ¿A quiénes dejamos solos incluso cuando creemos estar conectados? ¿Qué tendría que cambiar en nuestras casas, trabajos, escuelas e instituciones para que pedir ayuda no sea visto como una derrota? Y, sobre todo, ¿cuánto más necesitamos escuchar antes de admitir que este malestar ya no es individual, sino compartido?

 

Lecturas y fuentes de referencia

Organización Mundial de la Salud. World mental health report: Transforming mental health for all. OMS, 2022.

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Khalsa, S. S., Adolphs, R., Cameron, O. G., Critchley, H. D., Garfinkel, S. N., Paulus, M. P., y colaboradores. Interoception and Mental Health: A Roadmap.

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