Por Miguel Faúndez
Las horas que los Hicsos se adelantan a combatir, están vedadas por el viento norte; por esa ventolera de presagios azules, como puras hojas desgravitadas, impersonales, que la fauna vegetal no elige para el reinado.
Los Tártaros anuncian un apretón de hielo en la primera carga de virtudes, que la incipiente geografía Papal dejó remitir en los últimos correos.
Y no es verdad. Ninguna mariposa proletaria exuda nectarines, concomitante arpegio tutelar, porque los oscuros alcancen su beneplácito de luz.
Solo la tiniebla emerge desde el fondo. Solo la oscuridad instruye posesiones. Tan solo ella desarma a los nobles combatientes.
La hora que se fijó por los númenes asiáticos, es un brabanzón de histeria colectiva, un pomposo devenir de fieras minúsculas, de furia macroscópica en deslinde de arena.
“No fuimos entregados para ser celestes” manifiesta el tartarismo animal, en vegetaciones geológicas, con eréctil sumo de pendones, que insolentó de veras al color amarillo.
“No estamos libres de miseria, ni echamos huerto montaraz”, los Hicsos arremeten con cizaña de arroz y flechería de pétalos nostálgicos, por esa preeminencia de mar que se quedó en las naves caballunas, con velas de crin e ijadas de demonio.
Ambos están midiendo la centrifuga veste patriarcal que enracima loterías de plomo en mil cotiledones.
Ambos sueltan el insectario de bisagras con añosa pestilencia de carmín, y cabelleras de fierro, y rapadas armaduras, y pectorales verdes en el garabato del viento.
El norte arroja la floración más vegetal que pudo ver: horarios de madreselva con astucia de olivo, injertos de clepsidra con botones de orquídea y amapola, potajes de trébol negro y violetas café.
“Aquí estoy yo” les dice, “no soy de los oscuros”. “Les compadecen bien las hojas de lagarto y pavorreal”. “No permitiré lagunas amohinadas en el translúcido sol de los mortales”. “No consentiré pepitas de neón en los grandes hoteles”
Y los remolinos, con agrios limones menesterosos, reseñan la truculenta historia de Mansopetal, el día de la cavilación, e intuyen telarañas mutatorias en el espectro alado de las siete. Y más tarde aún.
¡Sólo la oscuridad puede con nosotros! ¡Sólo la oscuridad!
Nebulosas sardinas reparten el arcoíris en mancomunado sándalo racial, como tótems desposeídos de la magia. Multitud de avellanados ojos vigilan a los héroes, lacerando de luz su bizarro esplendor, la gallardía de luna que les insta a la guerra.
Pero, para ellos, la noche nunca llegó.






