Más allá del titular político, la Encuesta CEP muestra que la confianza democrática, el bienestar material y el futuro familiar forman parte de una misma conversación pública. El desafío para el gobierno y para el sistema político será responder a una ciudadanía que valora los acuerdos, exige resultados concretos y enfrenta crecientes dificultades para proyectar su vida económica y familiar.
Felipe Grisolía
El golpe político fue evidente. La primera lectura pública de la última Encuesta CEP se concentró, comprensiblemente, en la aprobación del gobierno de José Antonio Kast, la baja confianza en el cumplimiento de sus promesas y las dudas sobre su disposición a alcanzar acuerdos con la oposición. Sin embargo, el sondeo también abre una segunda capa de análisis: una ciudadanía que vuelve a valorar la democracia frente al autoritarismo, que mira con cautela la economía y que enfrenta la maternidad, la paternidad y la natalidad bajo el peso creciente del costo de la vida.
El gobierno recibió una señal incómoda. La Encuesta CEP N°96, correspondiente al período abril-mayo de 2026, mostró una desaprobación mayoritaria hacia la forma en que Kast conduce su administración. Según el sondeo, 52% desaprueba su gestión, 34% la aprueba, 9% no aprueba ni desaprueba y 5% no sabe o no contesta. La fotografía política es clara: el gobierno enfrenta tempranamente una brecha relevante entre respaldo electoral, confianza ciudadana y evaluación de desempeño.
La promesa de campaña también quedó bajo sospecha. La confianza en el cumplimiento de los compromisos presidenciales aparece tensionada: 39% declara tener poca confianza y 28% nada de confianza en que el Presidente cumpla sus promesas. En sentido contrario, 21% expresa bastante confianza y 10% mucha confianza. En suma, dos tercios de los consultados manifiestan baja o nula confianza en que el gobierno logre transformar sus ofertas electorales en resultados concretos.
La gobernabilidad aparece como una prueba mayor. A ello se suma que 51% cree que José Antonio Kast no tiene disposición a escuchar y llegar a acuerdos con la oposición, mientras 44% estima que sí la tiene. El dato adquiere mayor importancia porque la misma encuesta muestra una ciudadanía que prefiere liderazgos capaces de ceder posiciones para alcanzar acuerdos. La señal no apunta solo a la popularidad presidencial; también interpela el estilo de conducción política.
La noticia no termina en La Moneda. Quedarse únicamente en la aprobación o desaprobación presidencial reduce el alcance del sondeo. Más allá del desempeño del gobierno, la CEP muestra tendencias de fondo que ayudan a entender el ciclo social que se abre: revalorización de la democracia, desgaste de la política de trincheras, percepción de estancamiento económico, presión del costo de vida sobre los hogares y una crisis silenciosa en torno a la natalidad.
La democracia vuelve a ganar terreno, pero sigue bajo evaluación
El país no está comprando tan fácilmente la salida autoritaria. Uno de los resultados más significativos está en la relación de la ciudadanía con la democracia. Frente a la pregunta sobre la forma de gobierno preferida, 54% afirma que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno. La cifra sube respecto de la medición anterior y marca una señal relevante en un período de polarización, inseguridad y discursos de autoridad.
El autoritarismo retrocede, pero la alerta sigue encendida. La proporción de quienes consideran que, en algunas circunstancias, un régimen autoritario puede ser preferible baja a 15%. La caída es políticamente relevante porque muestra un retroceso de la disposición a justificar salidas autoritarias, incluso en un contexto donde la seguridad pública y el orden siguen entre las principales preocupaciones ciudadanas.
La indiferencia democrática sigue siendo un dato duro. Un 28% sostiene que a la gente como uno le da lo mismo un régimen democrático que uno autoritario. Esa indiferencia no equivale necesariamente a apoyo activo al autoritarismo, pero sí revela una fragilidad institucional: casi tres de cada diez personas no observan una diferencia sustantiva entre ambos regímenes en su vida cotidiana.
La democracia gana como principio, pero pierde en desempeño. Cuando se pregunta qué tan bien funciona la democracia en Chile, solo 21% responde que funciona bien o muy bien. La mayoría, 47%, la califica como regular, mientras 27% estima que funciona mal o muy mal. La ciudadanía no parece estar abandonando la democracia, pero sí la evalúa con severidad.
El mensaje al sistema político es directo. No hay un cheque en blanco a las instituciones ni a los partidos. La revalorización democrática viene acompañada de exigencias concretas: acuerdos, eficacia, capacidad de respuesta y resultados visibles. La ciudadanía parece distinguir entre valorar la democracia como régimen y cuestionar duramente la forma en que opera en la práctica.
La política de trincheras muestra signos de agotamiento. Un 66% de los encuestados prefiere líderes que privilegien los acuerdos, aunque tengan que ceder sus posiciones. Solo 28% se inclina por líderes que defiendan sus posturas aunque eso implique no llegar a acuerdos. La encuesta sugiere cansancio frente a la confrontación permanente y una expectativa de que las posiciones políticas se transformen en decisiones viables, no solo en declaraciones de principios.
Economía: estancamiento, deuda y cautela
El ánimo económico sigue frío. La percepción sobre la situación económica del país continúa siendo frágil: 45% la califica como mala o muy mala, 43% como ni buena ni mala y solo 11% como buena o muy buena. La evaluación general muestra un país que no se percibe en recuperación clara y donde el optimismo sigue siendo minoritario.
El futuro inmediato tampoco entusiasma. Respecto de los próximos 12 meses, 32% cree que la economía mejorará, 37% piensa que no cambiará y 31% cree que empeorará. El país aparece dividido casi en tercios, sin una expectativa dominante de recuperación. La cautela, más que la esperanza, parece ordenar la percepción ciudadana.
La palabra que domina es estancamiento. Cuando se pregunta por la trayectoria general de Chile, 54% cree que el país está estancado, 26% que está en decadencia y solo 18% que está progresando. El dato resume el clima de época: Chile no aparece, para la mayoría, como un país en derrumbe total, pero tampoco como un país en avance.
La estabilidad personal no debe confundirse con holgura. En el plano individual, 54% califica su situación económica como ni buena ni mala, 25% como buena o muy buena y 21% como mala o muy mala. La aparente estabilidad describe más bien hogares que resisten, se ajustan y evitan caer, pero que no necesariamente perciben una mejora clara en su vida cotidiana.
La continuidad pesa más que el optimismo. Al mirar las expectativas económicas personales, 48% cree que su situación seguirá igual en los próximos 12 meses, 38% piensa que estará mejor y 12% cree que estará peor. El dato dominante no es la ilusión de progreso, sino la administración prudente de un presente ajustado.
El costo de la vida se instaló como límite cotidiano. Una de las señales más claras es la preocupación por pagar deudas: 73% se ubica en el tramo de mayor preocupación, entre 7 y 10 en una escala donde 10 es muy preocupado. El endeudamiento aparece como una presión estructural sobre los hogares, incluso cuando parte importante de la población no declara estar en una situación económica personal abiertamente mala.
La estrechez reemplazó a la promesa de movilidad. La fotografía no es necesariamente de pobreza extrema generalizada, sino de familias que llegan justo, enfrentan dificultades o tienen poco margen para ahorrar, proyectar o absorber emergencias. Esa estrechez explica por qué el costo de vida no solo afecta el presente, sino también las decisiones de futuro.
Natalidad: el hijo deseado que no llega
La baja natalidad no se explica solo por cambios culturales. Uno de los apartados más reveladores de la encuesta está en la brecha entre la cantidad de hijos que las personas tienen y la cantidad de hijos que hubieran querido o quisieran tener. En promedio, los encuestados tienen 1,7 hijos, pero declaran una cantidad deseada de 2,4.
El deseo familiar sigue siendo mayor que la realidad. Mientras 30% declara no tener hijos, solo 11% señala que su ideal sería tener cero hijos. A la inversa, 24% tiene dos hijos, pero 38% declara que ese sería su número ideal. El mensaje de fondo es claro: Chile no enfrenta solamente un cambio de valores familiares, sino una distancia creciente entre proyecto familiar y condiciones materiales para realizarlo.
El costo de criar se volvió una barrera decisiva. Entre quienes no tienen hijos, la razón más mencionada para no tenerlos es que los niños son caros de mantener, con 25%. Luego aparecen la preocupación por la situación mundial, con 15%; las preocupaciones y problemas asociados a la crianza, con 14%; no estar casado o viviendo con una pareja estable, con 13%; y razones de salud o edad, con 12%.
La misma barrera se repite entre quienes ya son padres. Entre quienes tienen hijos, la principal razón para no tener más vuelve a ser económica: 29% menciona que los niños son caros de mantener. Después aparecen razones de salud o edad, con 22%; preocupación por la situación mundial, con 11%; la idea de que tener niños hace más difícil que la mujer trabaje, también con 11%; y las preocupaciones propias de la crianza, con 9%.
La natalidad dejó de ser solo una discusión moral. El patrón es evidente: el costo de tener hijos aparece como la principal barrera tanto para quienes no han sido padres como para quienes ya lo son y deciden no ampliar su familia. La discusión se desplaza desde el terreno exclusivamente cultural hacia el económico, laboral y social.
La maternidad también carga con costos laborales. La encuesta muestra que la decisión de tener hijos se cruza con percepciones sobre autonomía, carrera y carga económica. Un 44% está de acuerdo con que tener hijos interfiere mucho con la libertad de los padres; 41% considera que los hijos son una carga financiera; y 46% cree que tener hijos restringe las posibilidades de trabajo y carrera de uno o ambos padres.
La familia sigue siendo valorada, pero sostenerla cuesta más. La encuesta no muestra una desvalorización de los hijos. Muy por el contrario, 86% está de acuerdo con que ver crecer a los hijos es la satisfacción más grande de la vida. La sociedad chilena no parece estar dejando de valorar la familia; lo que aparece debilitado es la capacidad real de sostenerla bajo las condiciones actuales.
Los otros resultados de la CEP
El titular político fue inevitable, pero no suficiente. La aprobación y desaprobación del gobierno de Kast, la confianza en sus promesas y su disposición al diálogo son datos relevantes para medir el inicio del ciclo presidencial. Sin embargo, los otros resultados de la CEP pueden ser más estructurales para entender el momento social del país. Así, la primera señal es democrática. La ciudadanía quiere democracia, pero una democracia que funcione. El rechazo al autoritarismo crece, pero también aumenta la exigencia de acuerdos, eficacia institucional y resultados concretos.
La segunda señal es económica. No hay entusiasmo respecto del futuro inmediato. La palabra dominante es estancamiento. La economía personal resiste con estrechez, la economía del país se mira con desconfianza y las expectativas de mejora son contenidas.
La tercera señal es demográfica. La natalidad se está transformando en un espejo del costo de la vida. Los chilenos no necesariamente quieren dejar de tener hijos; muchos quisieran tener más. Pero el precio de criar, cuidar y sostener una familia se ha vuelto una barrera decisiva.
La conclusión es incómoda para todo el sistema político. La Encuesta CEP muestra que confianza democrática, bienestar material y futuro familiar forman parte de una misma conversación pública. El gobierno y la oposición enfrentan una ciudadanía que valora los acuerdos, exige resultados concretos y observa con creciente dificultad la posibilidad de proyectar su vida económica y familiar. La disputa de fondo no se agota en la aprobación presidencial. El próximo ciclo político estará marcado por la capacidad de conectar democracia, seguridad, economía cotidiana y condiciones reales para formar familia. En ese cruce se juega buena parte de la confianza pública que la encuesta muestra debilitada, exigente y todavía abierta a respuestas concretas.





