Por Sabino Labarca
Me pasé gran parte del día corriendo, desde muy temprano hasta llegada la noche. Para comenzar, a las cinco y media de la madrugada desperté tal como se estila en esta casa, al despuntar el alba: con el sonoro canturrear de los pájaros enjaulados que se hallan desde la mitad del pasillo hacia el patio, en la galería que bordea el lado oriente de la casa, donde el sol entra generoso hasta pasada la hora de almuerzo. Todos esos pájaros son de mi abuelo. Hay varios canarios, unas diez o veinte codornices, una de ella es tuerta; hay treinta y tantos jilgueros, una interminable población de catas promiscuas, un par de zorzales esquizofrénicos, y hasta juraría que hay un pájaro carpintero tránsfuga. Nunca he sabido con exactitud cuántos hay, solo sé que ya superan el centenar. Cuando le preguntan a mi abuelo cómo llegó a tener semejante cantidad, él responde con toda calma: “No sé”.
La tradición familiar, lejos de interesarse en aclarar la procedencia de esas aves, se ha encargado de sumar aún más confusión al asunto. Dado que sobre el origen de esos pajarracos no existe certeza alguna, las versiones al respecto son de todo tipo y ninguna se contrapone a otra: él los atrapó alguna vez en una de sus interminables andanzas por las quebradas, o los compró quién sabe dónde, en algún mercadillo, o se los encontró en no sé qué parte, o se los robó. Ignoro tanto los detalles como la verdad, pero son de su propiedad; de eso no hay duda. Siempre han estado en esta casa que habitamos mi madre, mi hermana, los abuelos maternos y yo; he visto y escuchado esos pájaros desde mi niñez. Son parte de la banda sonora de esta casa.
A media mañana, cuando el café hirviente de la madrugada que me tomé junto a la impresora –mientras esperaba que la maldita terminara de parir las doce hojas del trabajo para el profe de redacción–, era solo un tibio recuerdo en mi garganta, me presenté en la oficina de mi jefe con el propósito de retirar los cheques para hacerle los respetivos pagos mensuales que él nunca puede hacer, o sea, todos. A las dos y media de la tarde, y tras haber pagados todas las cuentas, salí a toda prisa del último banco del centro, que, por supuesto, estaba atestado de gente haciendo los mismos trámites que yo para sus respectivos jefes, supongo. A continuación, volé a la universidad, no me quedaba otra, o entregaba ese trabajo o el profe me rajaba. La secretaria de la escuela se quedó mirándome extrañada, mi aspecto exaltado debe haberla preocupado bastante. “¿Qué te pasa, acaso viste al diablo?”. No recuerdo qué le respondí, pero apenas pude puse el legajo en sus manos de niña, y me esfumé.
Enseguida, y sin darme ni un respiro, recorrí las seis cuadras que separan la escuela de periodismo del estacionamiento donde mi abuelo deja su auto cuando va a cobrar su pensión, y donde yo aprovecho de estacionarme argumentando mi parentesco. Al salir de allí, estuve a punto de chocar a una mujer que frenó de súbito delante de mí. Era la típica treintona que, ataviada de una chequera prodigiosa y media docena de tarjetas de crédito, se lanza a la calle a hacerle zumbar la economía al pobre marido que suda la gota gorda en la oficina para que no le falta nada a ella. Las tres y media habían pasado sin que yo lo notara, a esa hora estaba más tranquilo; eso creía. Decidí entrar a comer algo a la picá de la Yolita. “No es hora de almuerzo, ya no queda ná; si querís te sirvo un extra” –me ofreció la descarada, mientras el olor al charquicán que las había oficiado de colación ese día inundaba entero el boliche. Después de engullir una traposa hoja de lechuga de las más baratas de la feria –bañada en mayonesa y salpicada con unos zarpazos de pollo reseco– y de inflarme como pelota de playa a causa de los gases de la consabida Bilz de la hora de almuerzo, pagué por el mentado “extra” el valor de tres colaciones, poniendo de esta manera en serio riesgo mi presupuesto para aquella monumental jornada polvorística que se me venía encima en pocas horas más. A las siete pasaría por ella.
“Ella” es una minita que conocí en Reñaca hace tres años. Yo trabajaba en una pizzería. Un amigo de la universidad me consiguió la pega. “El sueldo no es muy bueno, voh sabís, así son las pegas pa’ estudiantes, pero te salvai con las propinas” –me aseguró el infeliz. No lo pensé mucho, y partí. Me instalé en casa de unos parientes de mi vieja y traté de pasar el verano lo más piola posible, desentendiéndome a duras penas de una prima en tercera generación que se encargaba cada noche de pasearse en camisa de dormir transparente frente a mi puerta, desatando mis peores instintos contra una pariente. La mayor parte de la jornada laboral se me iba despachando pedidos telefónicos. Dos o tres veces por semana reemplazaba a uno de los repartidores y salía en moto a entregar pizzas por la costa.
A mediados de enero un hecho fortuito me sacó de la rutina. El lunes de aquella semana comencé tomando pedidos por teléfono y el viernes acabé repartiéndolos. Así fue como llegué cerca de las once de la noche a la recepción de un edificio piramidal, de esos que están a orilla de playa, donde un conserje que después de informarme que solo disponía de diez minutos para hacer la entrega, me indicó un departamento del tercer piso. Una vez que salí del ascensor, avancé por un estrecho pasillo; al llamar a la puerta del último departamento fui atendido por una encantadora mujer, cuya belleza me cautivó de inmediato. Al verla, jamás imaginé lo que íbamos a vivir en los próximos tres años. En las siguientes visitas el trato se fue relajando y pasamos de la frialdad de los negocios a los galanteos previos a la consumación de los hechos. Tras nuestro primer encuentro fortuito, las cosas empezaron a ocurrir tal como si estuvieran escritas. Así sucedió durante el resto del verano. Ella encargaba pizzas que no comía y yo me las arreglaba para verla, pagándole muchas veces a mi amigo por el respectivo relevo en las entregas a bordo de la moto. Hasta que un viernes sucedió lo inevitable: ella me invitó a entrar a su departamento. Lo demás vino solo. Fue una atracción mutua, supe después.
Alguna vez ella estuvo casada. Primero, con un abogado parlanchín que la celaba hasta con el gato; y, luego, con un hombre que aunque le dio todo y nunca dudó de ella, olvidó amarla con la intensidad que ella deseaba. Ella tiene dos hijos adolescentes, uno de cada marido; el mayor es un muchacho que representa un proyecto inacabado de rapero con melena y ademanes rebeldes; un auténtico desadaptado, malcriado y siniestro; la otra, aunque bella y sensual, es una futura agitadora social que desde que la conocí no ha hecho sino oponerse a mis ideas y opiniones. ¡Qué importa! Lo único que me interesa es mi amor. A sus cuarenta y siete años, está como quiere: es el sueño del pibe, como se dice. Lo único malo que tiene son sus pechos: me tienen enfermo, en tres años me han causado una adicción irrefrenable; los recorro desde lo alto de su cima hasta su llanura, me tardo más de una hora en completar semejante travesía. Suelo terminar con la lengua, los labios y los dientes hinchados con ese gusto a mamadera que me hace regresar a mis dos meses, cuando aún mis hormonas estaban en la prehistoria, de modo que no podía reparar en tamaña locación de la geografía femenina. Mi minita es ardiente a más no poder, dice que siempre ha sido así y que nunca ha comprendido por qué sus maridos la dejaron, o no supieron disfrutarla. Ella gime cuando vamos en el auto y hace toda clase de ruidos imposibles de clasificar; a veces, me parece una gata en celo, como aquellas que a falta de gatos sobre el tejado, les hacen empeño a los pájaros de mi abuelo en la galería. Cuando nos detenemos en los semáforos ella me toca por todos lados, si en esos momentos la beso es capaz de quedarse esperando hasta tres veces la luz verde. Le encanta el amaretto. Podría dejar de comer una semana entera, pero el amaretto no debe faltarle, por ningún motivo. Lo mejor de todo es que cuando salimos ella no se fija en gastos. No es mezquina. Compra los cigarros, los condones, el amaretto irreprimible, mis dos imperdonables Heineken heladitas en verano, o mi respectivo merlot en invierno, el consabido ave pimiento triangular doble, los chocolates biter que la enloquecen, y cuánta huevada se me frunce, total, “tú eres mi todo”, me repite cada vez que puede.
Como consecuencia del exceso de estudio, trabajo y sexo, hace un tiempo comencé a ser víctima del rigor de tanto esfuerzo. Un matasanos amigo de la época del colegio me recomendó Gamalate para sobreponerme a las exigentes jornadas estudiantiles. Para el trabajo me prescribió Infor. Debo haberle causado tal impresión, que no le dejé otro camino. “Te hacen falta vitaminas, cabro”, sentenció. Como era de suponer y tras hacerme una clase magistral sobre la disfunción eréctil, me explicó esa macana que ya he escuchado mil veces: “Estudios realizados en hombres jóvenes, entre veinticinco y cuarenta años, demuestran un alto grado de disfunción eréctil causada, entre otros motivos, por estrés”, o sea, no funcionan. Para evitarme un eventual bochorno frente a la descomunal hembra con la que trato de mantenerme al margen de las estadísticas, acabó recetándome Viagra. “Pégate una jalada, huevón, y quedai listo”, me recomendó un canalla. “No, gracias, no le hago a esas cosas”, le expliqué. Receta en ristre entré a la farmacia. De inmediato busqué a un dependiente, me dio vergüenza pedirle el Viagra a una mujer. Me atendió un compadre de unos cuarenta años; no hablamos mucho, apenas nos dimos un par de miradas cómplices. Después de informarme sobre el costo total de la compra, me di cuenta que el dinero no me alcanzaría para todo; pensando en el monumental encuentro que tendría con mi amorcito, no dudé en asegurar el Viagra de 50 miligramos como si fuera mi seguro de vida. “Lo demás, ya veremos”, me dije.
A las seis en punto iba camino a casa. El tráfico de Avenida Matta era insoportable, tanto, que tuve la impresión de que las malditas micros que a esa hora me cerraban el paso habían salido a la calle con ese único propósito. Una vez en casa tendría que ducharme y cambiarme de ropa, después bajaría corriendo por Grecia hasta Salvador, doblaría por Bilbao hasta llegar a la oficina de mi amor; ella estaría esperándome en el interior de su auto para subirse al mío. Siempre nos turnamos, es para despistar a un compañero de ella que la acosa; es un tipo que tiene la mitad de la cara tiesa. Al fin, luego de las vicisitudes del tráfico, llegué a casa.
-¿Compraste el Labotensil del abuelo, hijo? –Preguntó mi madre cuando me escuchó llegar. “¡Chucha!, ¿qué Labotensil?” –Pensé.
-¿Me encargaste algo, madre? –Pregunté, haciéndome el desentendido.
-Sí, hijo, te pedí que compraras el remedio del abuelo, ayer se terminó, no puede dejar de tomarlo; así es la hipertensión arterial.
Estaba en problemas. Mi madre era muy capaz de tomar mi auto mientras yo estuviera en la ducha, y partir a comprar el mentado Labotensil de 50 mg para su padre. Aterrado ante la inminente posibilidad de quedarme sin auto a la hora de los hechos, me deslicé escala abajo con la velocidad del rayo y entré al comedor. Allí le prometí a mi madre que esa noche no dormiría sin antes traer el medicamento. Ella aceptó. Aún no comprendo por qué lo hizo, si cada vez confía menos en mis promesas. Entonces, subí tal como bajé la escala, entré al baño y justo cuando iba a ingresar a la ducha, sonó mi celular. Era ella, mi amorcito, para decirme que estaba atrasado. Ya lo sabía, faltaban quince minutos para las siete. Generosa, me concedió media hora más; de lo contrario, tendría que buscarla en el mall donde suele arrancarse cuando se enoja. Asegura que comprándose ropa o viendo alguna cartera se le pasa la rabia. Me relajé. Después de la ducha me tiré en mi cama y me dormí. Mi hermana, a sabiendas de mi salida, se condolió de mí y me despertó. Eran las siete y cuarto. Salí a la calle, el tráfico estaba expedito. “Extraño” –Reflexioné. La felicidad nunca es completa. ¡Olvidé el Viagra! Todo estaba mal. Fui directo al mall. Bajé al segundo subterráneo del estacionamiento, luego, ingresé al nivel de las tiendas por el mismo lugar de siempre; en ese momento miré hacia la farmacia, la vi tan desocupada que estuve tentado de entrar a comprar el Labotensil para mi abuelo. Eran las siete y treinta. “Después, más tarde”, me dije. Me encaramé a la escala mecánica, y, esta vez, choqué, o mejor dicho, me incrusté en el fabuloso trasero de una cuarentona de esas que mandan al dentista. Le pedí disculpas haciendo toda clase de gestos con las manos y tratando de hilvanar alguna frase caballerosa, pero nada me resultaba creíble; ella me esbozó una leve sonrisa que habría hecho devolverse a cualquiera, pero yo apenas le devolví la mirada. Enseguida, entré y salí de todas las tiendas de vestidos y carteras donde mi minita acostumbra gastarse su sueldo para mejorar su ánimo. Nada. Se la tragó la tierra. ¡Cresta, cagué! La llamé varias veces desde mi auto y no me respondió. Está enojada, qué duda cabe. Ahora estábamos extraviados. Insistí con el celular. Nada. A las ocho, me rendí, estaba transpirado desde el pelo hasta los pies, la ducha fue una pérdida de tiempo, igual nos íbamos a duchar antes de hacer el amor; ella es muy limpia, le gusta que nos jabonemos y nos acariciemos bajo el agua antes de llevar nuestros cuerpos al campo de batalla.
De puro caliente me fui a ver a un amigo. Le conté todo mi día. El muy infeliz se rió en mi cara, y luego me enrostró la mariconada de plantarlo con la media docena de cervezas que planeaba tomarse conmigo para aliviar mi día. Solo acepté una y me largué. Cerca de las diez y media, y tras haber marcado mil veces sin resultado el número de mi amorcito, cerré la reja de mi casa y subí a mi dormitorio. “Mañana será otro día” –Me prometí.
-¿Trajiste el Labotensil para tu abuelo? –Preguntó mi madre desde su habitación, desde la que se escuchaba el sonido de una película que una vez vimos con mi minita, allá en la playa.
-Sí –Mentí. ¿Qué hago, se lo doy?
-Sí, llévale su jugo, en la cocina está el jarro. Apaga la luz.
-Bueno madre, que duermas bien.
-Tú también, hijo.
-Buenas noches.
-Buenas noches.
Bajé a la cocina, abrí y cerré el refri. No sé por qué lo hice. No tenía hambre ni sed. Sobre el extenso mesón donde mi madre y la abuela hacen todo lo que nos engorda, estaba el bendito jarro con el jugo de manzanas cocidas. Lo tomé y subí la escala. Antes de dirigirme a la habitación de los abuelos, lo dejé por un momento sobre una mesita de arrimo junto al baño. Entonces, entré al baño. Mientras estaba apoyado en la pared frente a la taza aliviando la presión de la única cerveza que bebí como consuelo, pude ver a través del espejo un pequeño objeto de forma romboidal de color celeste oscuro, casi azul, cuya inconfundible estructura correspondía a la del mentado Viagra. Aquél miserable me observada desde la fraternal humedad del alerce, tal como si tuviera vida propia. Sí, el mismísimo comprimido de 50 mg que me dejaría como rey frente a mi amazona, devolviéndome la eficiencia de hace tres años, se burlaba del chorro de mi orina de cebada cansada y triste. Allí estaba esa miserable pastillita que tanto ha hecho por la humanidad desde su accidental descubrimiento, burlándose de mi olvido, de mi atraso y de mi polvo frustrado. Ignoro cómo nadie vio antes ese maldito comprimido. Toda la familia ocupó ese baño antes de ir a la cama. En fin –me consolé– una cuota de buena suerte, aunque sea a última hora de este desgraciado día no era nada de despreciable. Entonces, lejos de sentirme abatido por la situación vivida durante aquel día, opté por terminarlo con un poco de humor.
Al tomar el comprimido de Viagra en mi mano, vino a mi mente una macabra idea. Salí del baño, volví a coger el jarro con el jugo de manzanas que había dejado en la mesita y me dirigí al dormitorio de los abuelos. Solo la luz del velador del abuelo estaba encendida. Él estaba recostado sobre sus almohadas, se había quedado dormido viendo televisión. La abuela dormía desde temprano como acostumbra, de espaldas a la puerta del dormitorio, mirando hacia el ventanal de la terraza. Ninguno de los dos se percató de mi presencia, hasta que me acerqué al abuelo y le hablé al oído.
-Abuelo, despierta, tómate el Labotensil –Le ordené.
-¿Me compraste de 50 mg, cierto, niño? –Preguntó un poco desorientado el dueño de los pájaros de la galería, a sabiendas de mi respuesta.
-Por supuesto, tata, es de 50 mg, ¡tómalo con confianza! –Y le pasé el Viagra de 50 mg, mientras mi abuela, medio despierta, refunfuñaba para que apagara la luz.
-Buenas noches, tata, que duermas bien.
-Gracias por el Labotensil, bandido; buenas noches.
-Mañana nos vemos –Comenté antes de salir del dormitorio.
-Hasta mañana.
A las siete y media de la mañana siguiente salté de la cama convencido de que estaba atrasado de nuevo, y mientras me decía que nunca hay dos días iguales, escuché a mi abuela que cantaba con tantas ganas como solía hacerlo en los cumpleaños familiares cuando éramos niños, o en las reuniones con sus amigas de la escuela. La encontré en medio de la galería, era uno más de los pájaros de su marido; el alboroto de voces que se armó se hizo tan inaudible que apenas me escuchó cuando la saludé. La vi tan joven, tan alegre y llena de vida, que hasta su desteñida bata de levantar me pareció sensual; era otra abuela, no la abuela enfermiza y desgastada de los últimos años, cuyo carácter impredecible nos había hartado y distanciado un poco.
Mientras la observaba con la calma que no me había permitido en años, escuché los pasos del abuelo en la escala. Venía subiendo con una de esas bandejas de mimbre que usamos en casa para tomar desayuno en cama. Traía té recién hervido, leche caliente, mermelada y queques caseros de los que hacen la abuela y mi madre; también traía pan integral bien tostado y había rellenado el jarro de la noche anterior con más jugo de manzanas.
-¿Cómo pasaron la noche? –Preguntó mi madre a sus padres cuando los vio afuera del dormitorio, en el pasillo de la galería, mientras los pájaros casi reventaban los vidrios cantándole a su amo y a su enamorada.
-Fue la mejor, en años, hija –Respondieron a coro ese par de sinvergüenzas.
Hoy sí que compro el Labotensil para mi tata. Lo juro, sí, lo juro. No vaya a ser cosa que por mi culpa al pobre abuelo le falle la cuchara, y pare la chala convencido de que el mismo betabloqueador que le provocó tanta impotencia durante sus últimos años, acabó devolviéndole el orgullo de cazador. Lo de mi mijita, eso, lo arreglo sin Viagra. Como siempre.






