Sr. Director:

En distintos espacios de representación pública nos hemos acostumbrado a un espectáculo preocupante: autoridades electas que confunden fiscalizar con maltratar, tener carácter con gritar y ejercer liderazgo con montar escándalos para las redes sociales. Lo ocurrido recientemente en el concejo municipal de Ovalle, donde se humilló a una funcionaria calificando sus labores como una “pérdida de tiempo”, no es un hecho aislado: es síntoma de una forma degradada de entender la política.

¿Eso es ser buen concejal? Sin duda, NO.

Seamos claros: el sistema público tiene deficiencias y la gestión municipal y regional debe mejorar con urgencia. La ciudadanía exige eficiencia, probidad y soluciones concretas, y la fiscalización debe ser firme e implacable. Pero el matonaje jamás será la forma. No se construye un mejor Estado destruyendo la dignidad de sus funcionarios, ni se logra eficiencia administrativa mediante el atropello, la humillación o el abuso desde una posición de poder.

Ya existen casos que demuestran que estas conductas tienen límites legales y éticos. En La Florida, el Tricel ratificó la destitución de una exconcejala del partido comunista por faltas graves a la probidad, tras imputaciones falsas e injuriosas contra un funcionario municipal. Por eso no podemos normalizar que un concejo municipal se transforme en un set de televisión, donde la autoridad se mida por quién grita más fuerte, interrumpe más o humilla mejor. Eso no es fiscalización, no es valentía ni política seria: es falta de madurez y de preparación.

A quienes aspiran a conducir nuestras comunas o asumir mayores responsabilidades públicas, el mensaje es claro: no más show y empiecen a trabajar. El verdadero liderazgo no está en la figuración ni en el afán performático que tanto ha destruido la credibilidad de la política; está en estudiar los presupuestos, recorrer el territorio, escuchar a la ciudadanía, fiscalizar con antecedentes y proponer soluciones. Porque cuando transformamos la política en un show, la gente termina odiando la política, se pierde credibilidad en la institucionalidad y las urgencias reales de nuestras comunidades quedan simplemente olvidadas.

 


Cristian Villar Olivares
Ingeniero agrícola y vecino