“Porque, en última instancia, nuestro vínculo común
más básico es que todos habitamos este pequeño planeta.
Todos respiramos el mismo aire.
Todos valoramos el futuro de nuestros hijos.
Y todos somos mortales.”
JFK

Mi primer acercamiento a John Fitzgerald Kennedy no vino de un archivo, ni de una biblioteca, ni de una biografía cuidadosamente subrayada. Vino mucho antes, en una edad en que uno todavía no comprende del todo la historia, pero sí recuerda el tono con que los mayores pronuncian ciertos nombres. Vino de las historias de mi padre, de esas conversaciones familiares en las que el pasado aparecía no como una lección escolar, sino como una presencia viva, casi doméstica. Yo era joven, quizás demasiado joven para entender la Guerra Fría, la Crisis de los Misiles o el peso real de una decisión presidencial, pero no lo suficientemente joven como para no advertir que, cuando mi padre hablaba de Kennedy, hablaba de alguien distinto.

No lo nombraba como se nombra simplemente a un presidente asesinado, ni como una figura lejana encerrada en blanco y negro. Lo evocaba con una mezcla de admiración, respeto y cierta melancolía, como se habla de esos hombres que, aun muertos, siguen entrando a la conversación sin pedir permiso. No lo recordaba solo por su juventud, ni por su sonrisa, ni por esa elegancia casi cinematográfica que terminó convirtiéndose en parte del mito. Lo recordaba por algo más difícil de explicar: por una forma de estar en el poder sin parecer devorado por él.

Con los años, esa imagen inicial dejó de ser solo una memoria heredada. Primero en la adolescencia y luego ya en la adultez, volví a Kennedy una y otra vez, pero cada regreso fue cambiando de sentido. Al principio me atraía el ícono; después empecé a buscar a la persona detrás de la imagen pública. Quise entender qué había en su carácter, en su manera de escuchar, de decidir, de rodearse de inteligencias fuertes y de contener la presión militar y política, que hacía que su liderazgo siguiera pareciendo distinto. Tal vez la pregunta ya no era únicamente quién fue Kennedy, sino por qué, tantas décadas después, su figura todavía parece interpelar con tanta fuerza a un presente saturado de mandatarios que confunden autoridad con estridencia y poder con imposición.

Con el tiempo entendí que ese recuerdo no era simple nostalgia. Kennedy pertenecía a una clase de liderazgo que hoy parece casi extranjera. No porque haya sido perfecto, porque no lo fue. No porque su vida careciera de sombras, contradicciones o zonas privadas difíciles de defender, porque las tuvo. Sino porque en los momentos donde el poder suele mostrar su rostro más brutal, él pareció comprender que gobernar no consiste solo en decidir, sino también en contener la decisión; no consiste únicamente en demostrar fuerza, sino en saber cuándo la fuerza se convierte en una amenaza contra aquello que dice proteger.

Kennedy nació el 29 de mayo de 1917. En 2026 se cumplen 109 años de su natalicio y 63 años de su asesinato en Dallas, ocurrido el 22 de noviembre de 1963. Pero las fechas, por sí solas, no explican su permanencia. Hay figuras históricas que envejecen como retratos oficiales; otras, en cambio, regresan cada vez que el presente se vuelve demasiado pobre para explicarse a sí mismo. Kennedy pertenece a esta segunda categoría. Su figura vuelve no porque sepamos todo de él, sino porque todavía nos obliga a mirar de frente una pregunta incómoda: ¿qué hemos hecho con la idea de liderazgo desde entonces?

Había en Kennedy una mezcla extraña de ligereza y gravedad. Podía ser irónico, seductor, competitivo, impaciente, incluso cruel en ciertos juicios privados, pero también poseía una inteligencia histórica que lo alejaba del mero administrador de coyunturas. Leía la política como quien sabe que cada decisión se inscribe en una cadena más larga que el titular del día siguiente. Sus amigos y colaboradores lo describieron muchas veces como un hombre curioso, de conversación rápida, lector atento, fascinado por la historia, por los grandes giros del poder y por el carácter de los hombres enfrentados a circunstancias extremas. No era un filósofo de escritorio, ni un doctrinario, ni un presidente encerrado en abstracciones. Su pensamiento parecía más práctico y más trágico: quería saber qué habían hecho otros antes que él cuando el margen de error era mínimo.

Quizás por eso su mesa de decisiones resulta tan importante. Kennedy no gobernaba rodeado únicamente de aduladores. Tenía cerca a hombres brillantes, algunos más técnicos, otros más políticos, otros más literarios, y no parecía sentirse disminuido por eso. Robert Kennedy, Ted Sorensen, Robert McNamara, Dean Rusk, McGeorge Bundy, Arthur Schlesinger Jr. y otras figuras formaron parte de un ecosistema donde el presidente escuchaba, preguntaba, desconfiaba y volvía a preguntar. La frase atribuida tantas veces a distintos personajes -la idea de que un hombre inteligente se rodea de personas más inteligentes que él- podría no ser de Kennedy, pero describe bien una parte de su método. Su autoridad no nacía de fingir que lo sabía todo, sino de ordenar inteligencias ajenas alrededor de una decisión final.

Ese rasgo se volvió decisivo durante la Crisis de los Misiles de Cuba, en octubre de 1962. Durante trece días, el mundo pareció contener la respiración ante la posibilidad real de una guerra nuclear. Los aviones espía U-2 habían detectado instalaciones soviéticas para misiles nucleares en Cuba, a poca distancia de Florida. En Washington, la presión militar crecía con cada hora. Algunos defendían bombardeos quirúrgicos; otros, una invasión; otros, una respuesta inmediata que dejara una lección ejemplar. Muchos de los hombres que rodeaban al presidente hablaban el idioma habitual de los imperios cuando se sienten desafiados: el de la credibilidad, la fuerza, la disuasión, la superioridad y el mensaje que debía enviarse al adversario. Kennedy escuchó esas voces, pero no permitió que decidieran por él.

Ese fue su mérito mayor: no haber carecido de miedo, sino haber sabido administrarlo; no haber carecido de poder, sino haber resistido la tentación de usarlo de manera irreversible. Impuso una cuarentena naval sobre Cuba, pero mantuvo abiertos los canales de comunicación con Nikita Jruschov. Permitió que la crisis encontrara una salida política cuando los tambores de la historia parecían reclamar una respuesta militar. El acuerdo final evitó la guerra: la Unión Soviética retiró sus misiles de Cuba; Estados Unidos se comprometió a no invadir la isla y, de manera reservada, aceptó retirar sus misiles de Turquía. La humanidad no se salvó por accidente: se salvó porque, en el centro del poder, alguien comprendió que no toda victoria merece ser conquistada si su precio puede ser el fin del mundo.

Apenas ocho meses después, el 10 de junio de 1963, Kennedy pronunció en American University uno de los discursos más importantes del siglo XX. No habló como un vencedor eufórico, sino como un hombre que había mirado de cerca el abismo y sabía que la supervivencia no podía depender eternamente del cálculo militar. Recordó entonces que nuestro vínculo común más básico era que todos habitamos este pequeño planeta, que todos respiramos el mismo aire, que todos valoramos el futuro de nuestros hijos y que todos somos mortales. Aquella frase, tantas veces citada, no fue una cortesía diplomática ni una pieza ornamental de la retórica presidencial. Fue una ruptura con la lógica del enemigo absoluto: la afirmación de que, incluso en plena Guerra Fría, el adversario seguía perteneciendo a la misma condición humana.

Hay una distancia enorme entre ese lenguaje y el que domina buena parte de la política actual. Hoy abundan líderes que hablan como si la humanidad empezara y terminara en su electorado, como si el mundo pudiera reducirse al tamaño de una consigna y como si gobernar consistiera en administrar agravios antes que en ensanchar la conciencia pública. Mandatarios que confunden liderazgo con volumen, firmeza con crueldad, patriotismo con resentimiento, decisión con espectáculo. En demasiados casos, la palabra presidencial ha dejado de ser un instrumento de orientación colectiva para convertirse en una herramienta de excitación permanente. Ya no busca elevar la conversación pública, sino capturarla; no busca contener el miedo, sino administrarlo políticamente. Kennedy, en cambio, en sus mejores momentos, parecía entender que la palabra de un gobernante no solo comunica una posición: también educa o degrada, modera o desata, enfría o incendia el mundo.

Dos años antes de aquel discurso de paz, el 25 de septiembre de 1961, Kennedy había hablado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en un momento especialmente delicado. La ONU acababa de perder a su secretario general, Dag Hammarskjöld, fallecido el 18 de septiembre de ese mismo año en un accidente aéreo mientras intentaba mediar en la crisis del Congo. Su muerte dejó a la organización ante una fragilidad evidente: la institución llamada a preservar la paz parecía ella misma atrapada entre los intereses cruzados de una Guerra Fría que amenazaba con paralizarla. En ese contexto, Kennedy pronunció una frase que sigue siendo atemporal: “La humanidad debe poner fin a la guerra, o la guerra pondrá fin a la humanidad”. No era una metáfora solemne ni una advertencia abstracta. Era la verdad desnuda de la era nuclear: por primera vez en la historia, el ser humano no solo podía destruir ciudades o derrotar ejércitos, sino acabar con su propio porvenir como especie.

Ese sentido del límite también aparece en Vietnam, aunque allí la historia se vuelve más discutida y menos dócil a las certezas absolutas. El 11 de octubre de 1963, Kennedy aprobó la NSAM 263, una directiva que contemplaba avanzar en los planes para retirar 1.000 efectivos militares estadounidenses de Vietnam antes de finalizar ese año. Para algunos historiadores, ese documento revela una voluntad clara de iniciar una retirada progresiva. Para otros, la presión de la Guerra Fría, el deterioro político en Saigón y las tensiones internas de su propio gobierno impiden afirmar con total seguridad qué habría hecho Kennedy si hubiera vivido. Lo honesto es reconocer esa zona de debate. Pero también lo es admitir que, después de su asesinato, la política estadounidense tomó otro rumbo. Vietnam dejó de ser una guerra contenida en los márgenes de la asesoría militar y terminó convirtiéndose en una herida moral, militar y social de dimensiones históricas. Allí donde Kennedy parecía tantear una salida, la maquinaria posterior encontró una escalada.

Kennedy no inventó la sospecha frente a la maquinaria de guerra. La heredó, en parte, de un hombre que conocía demasiado bien su rostro. El 17 de enero de 1961, apenas tres días antes de entregarle el poder, Dwight D. Eisenhower pronunció su discurso de despedida. No hablaba un pacifista ingenuo ni un intelectual apartado de los campos de batalla, sino el general que había comandado a los aliados en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Precisamente por eso su advertencia tenía una autoridad difícil de desestimar. Eisenhower habló del complejo militar-industrial y pidió a la ciudadanía mantenerse alerta ante la posibilidad de que una alianza entre fuerzas armadas, industrias de defensa y poder político terminara deformando la democracia desde dentro. Era una advertencia nacida no del miedo abstracto, sino de la experiencia: quien había visto la guerra desde su centro entendía que también podía sobrevivir como sistema después de terminadas las batallas.

Ese discurso todavía resuena porque nombra una verdad que muchos Estados prefieren decir en voz baja: la guerra no es solo tragedia; también puede convertirse en estructura, presupuesto, carrera, contrato, influencia, lobby y hábito. Una vez que una sociedad organiza demasiados intereses alrededor de la guerra, la paz empieza a parecer una amenaza para demasiada gente poderosa. No porque la paz sea débil, sino porque interrumpe beneficios, jerarquías y rutinas construidas alrededor del conflicto. Kennedy gobernó con esa advertencia flotando sobre su escritorio, como una sombra heredada y, al mismo tiempo, como una prueba permanente de carácter.

Entre 1963 y 1968, Estados Unidos perdió, uno tras otro, a varios líderes que incomodaban distintos aspectos de ese orden. John F. Kennedy fue asesinado en 1963. Malcolm X, en 1965. Martin Luther King Jr., en 1968. Robert F. Kennedy fue atacado el 5 de junio de 1968 en el Hotel Ambassador de Los Ángeles, después de ganar las primarias de California, y murió oficialmente al día siguiente, el 6 de junio. No hace falta reducir esa secuencia a una explicación única ni convertir la historia en una novela conspirativa para advertir algo perturbador: durante esos años, quienes hablaron con mayor fuerza contra la guerra, contra el racismo, contra la pobreza y contra ciertas estructuras profundas del poder fueron eliminados físicamente en un lapso brevísimo. La historia no siempre necesita revelar todos sus mecanismos para mostrar sus consecuencias.

Martin Luther King Jr. es quizás el ejemplo más claro de cómo la memoria oficial puede domesticar a un hombre peligroso. Se lo recuerda por el sueño, pero se omite muchas veces la denuncia. Se lo cita como apóstol de la igualdad, pero se lo separa de su crítica al militarismo, a la pobreza y a la violencia estructural. El 4 de abril de 1967, exactamente un año antes de su asesinato, King pronunció en la Iglesia de Riverside su discurso contra la guerra de Vietnam. Allí dijo que llega un momento en que el silencio es traición. No hablaba solo de Vietnam. Hablaba de la obligación moral de no callar cuando el Estado convierte la violencia en rutina, cuando el presupuesto militar se vuelve más sagrado que la vida de los pobres y cuando una nación empieza a medir su grandeza por su capacidad de destrucción antes que por su capacidad de justicia.

Robert Kennedy, por su parte, cargaba con una transformación personal visible. Había sido parte del poder duro, conocía sus mecanismos y no podía presentarse como un inocente frente a sus sombras. Pero en 1968 hablaba cada vez más de pobreza, reconciliación, desigualdad y salida de Vietnam. La noche en que Martin Luther King fue asesinado, Robert habló en Indianápolis ante una multitud que aún no conocía la noticia. Pudo haber pronunciado un discurso calculado, frío, diseñado para proteger su campaña; eligió hablar desde la herida. Dijo que lo que Estados Unidos necesitaba no era división, ni odio, ni violencia, sino amor, sabiduría, compasión y justicia. Esa noche Indianápolis no ardió como ardieron otras ciudades. Dos meses después, él también sería silenciado. Su muerte cerró algo más que una candidatura: clausuró una posibilidad histórica que todavía resulta difícil mirar sin preguntarse qué pudo haber sido.

Y entonces volvemos a Kennedy, al primero, al presidente joven que todavía aparece en blanco y negro, bajando de aviones, navegando en Hyannis Port, caminando por la Casa Blanca con una mezcla de prisa, ironía y cansancio. Hay algo profundamente humano en su contradicción. El hombre que proyectaba vitalidad convivía con dolores físicos severos. El hombre que parecía hecho para la cámara llevaba una carga privada que administraba con disciplina. El hombre que disfrutaba el mar, los trajes bien cortados, la conversación inteligente, el humor seco y la competencia también sabía retirarse a leer, escuchar informes, medir escenarios y preguntarse qué vendría después del primer movimiento. Quizás su afición a la navegación no sea un detalle menor. Quien navega aprende que no domina el mar; apenas negocia con él. Aprende que la fuerza bruta no basta, que hay que leer el viento, ajustar el rumbo, esperar, corregir. Algo de eso había en su mejor política: una conciencia de que el mundo no se gobierna a golpes de voluntad, sino entendiendo sus corrientes.

El problema de nuestro tiempo no es que falten líderes con poder. Poder hay de sobra. Lo que escasea es otra cosa: conciencia del límite. Muchos mandatarios actuales parecen gobernar como si el mundo fuera una pantalla, como si cada crisis existiera para ser explotada y como si cada enemigo externo pudiera servir para ordenar fracturas internas. La guerra, o su amenaza, vuelve una y otra vez como recurso de gobernabilidad. Se invoca la seguridad para aplazar la justicia social. Se invoca la patria para evitar la autocrítica. Se invoca la fuerza para ocultar la falta de grandeza. Y así, lo que debería ser una responsabilidad extrema se transforma en una herramienta de administración política.

Kennedy no fue ajeno a las reglas duras de su época. Fue un presidente de la Guerra Fría, no un santo pacifista. Autorizó operaciones discutibles, cargó con errores graves y actuó dentro de un imperio que defendía sus intereses. Pero justamente por eso resulta más interesante. Su grandeza no consiste en haber estado fuera de la historia, sino en haber intentado, en ciertos momentos decisivos, torcer su dirección. No fue puro, pero tuvo instantes de lucidez. No fue perfecto, pero comprendió que el poder sin prudencia puede convertirse en una forma elegante de barbarie. Y tal vez esa sea una de las mayores diferencias con tantos liderazgos actuales: Kennedy sabía que una decisión podía sobrevivir al aplauso inmediato y perseguir a generaciones enteras.

Tal vez por eso incomoda recordarlo en serio. Es más fácil convertirlo en Camelot, en postal familiar, en juventud perdida, en mito de una elegancia extinguida. Es más cómodo recordar su sonrisa que su advertencia. Más cómodo recordar su muerte que su pregunta. Más cómodo venerar su imagen que preguntarnos qué clase de ciudadanía se necesita para sostener a un líder cuando decide no obedecer el reflejo primitivo de la guerra. Porque la prudencia, en tiempos de excitación colectiva, suele parecer debilidad. Y, sin embargo, muchas veces es la forma más alta del coraje.

Porque la memoria también puede ser una forma de neutralización. A King se lo vuelve inofensivo si se lo separa de Vietnam. A Robert Kennedy se lo vuelve sentimental si se lo separa de la pobreza. A John Kennedy se lo vuelve decorativo si se lo separa de la Crisis de los Misiles, de American University, de Naciones Unidas y de su resistencia a dejar que los generales decidieran solos el destino del planeta. El olvido no siempre borra; a veces embellece hasta vaciar. Conserva el rostro, repite la frase, celebra el aniversario, pero evita la consecuencia política de aquello que se está recordando.

Por eso su figura sigue hablando. No porque debamos copiarlo, ni porque la historia permita resucitar líderes como quien recupera una fórmula perdida. Habla porque nos obliga a medir la pequeñez de muchos liderazgos actuales frente a una vara más exigente. Habla porque nos recuerda que la política puede ser algo más que administración del miedo, cálculo electoral o espectáculo de fuerza. Habla porque un presidente, en el momento más peligroso del siglo XX, entendió que el otro lado también respiraba el mismo aire. Y esa comprensión, tan simple en apariencia, sigue siendo una de las ideas más difíciles de sostener cuando el mundo vuelve a dividirse entre enemigos irreconciliables.

La pregunta final no es qué habría hecho Kennedy hoy. Esa respuesta nadie la tiene. La pregunta más difícil es qué hacemos nosotros con su ausencia. ¿Preferimos líderes que gritan o líderes que piensan? ¿Premiamos al que promete castigo inmediato o al que se atreve a evitar una catástrofe aunque parezca débil por unas horas? ¿Queremos gobernantes rodeados de aduladores o de inteligencias capaces de contradecirlos? ¿Estamos dispuestos a reconocer grandeza en quien decide no disparar, no invadir, no humillar, no convertir cada crisis en combustible para su propia permanencia? Y si Kennedy, con todos sus defectos, todavía parece más moderno que tantos mandatarios actuales, ¿qué dice eso de él, qué dice eso de ellos y, sobre todo, qué dice eso de nosotros?