por Ian Swan V.

La expresión francesa corps morcelé -“cuerpo fragmentado”- proviene del campo del psicoanálisis y describe la sensación de un cuerpo dividido, sin unidad. No es difícil reconocer esa imagen en la sociedad chilena. Nuestro país parece haberse convertido en un cuerpo social fragmentado: múltiples partes que se mueven en direcciones distintas, incapaces de constituir un proyecto común.

La metáfora resulta particularmente sugerente cuando se piensa en el concepto de síntoma. En psicoanálisis, el síntoma no es un accidente; es una señal persistente de algo que no ha sido resuelto. Cada síntoma remite a una estructura más profunda. Dicho de otro modo: cada cuerpo es también el síntoma de otro cuerpo. La pregunta inevitable es entonces por qué Chile continúa mostrando los mismos síntomas sociales y políticos que hace cincuenta años.

Así y todo, la persistencia de estas tensiones sugiere un problema de consistencia en nuestras formas de comprender el cambio. Seguimos enfrentando desafíos contemporáneos con marcos mentales del pasado. Es como si una persona intentara vestir la misma ropa que usaba a los treinta años cuando ya tiene sesenta: si no le queda, no cambia la prenda; la remienda. Sin embargo, cambiar no es un fracaso. Persistir en lo que ya no funciona, sí puede serlo.

Asimismo, el imaginario chileno suele confundirse con la realidad. A menudo nos pensamos como una comunidad homogénea, pero la sociedad es siempre plural y dinámica. Jean-Paul Sartre lo expresó con claridad: nadie es igual a otro; ni mejor ni peor, simplemente otro. Chile tampoco tiene una sola identidad fija. Somos una sociedad única y compleja, atravesada por múltiples identidades, sensibilidades y proyectos.

Sin embargo, seguimos atrapados en polarizaciones que reproducen viejas disputas. La idealización del Estado por parte de algunos sectores y su rechazo absoluto por otros, los discursos de extrema izquierda y extrema derecha, o la persistente infantilización de la discusión económica y productiva, son síntomas de una sociedad que aún no logra redefinir sus consensos básicos. El Estado mismo ha cambiado sus funciones en las últimas décadas, pero muchas de nuestras demandas públicas parecen seguir ancladas en modelos de hace treinta o cuarenta años.

Independiente de lo ya dicho, la historia de las sociedades muestra que el cambio de paradigma es inevitable. Entendemos que las comunidades humanas pasaron de estructuras tribales y nómadas, basadas en la subsistencia, a sociedades agrícolas sedentarias, luego a economías industriales y finalmente a sistemas tecnológicos y globalizados. En ese tránsito, cada época debió reformular sus instituciones, su cultura política y sus expectativas colectivas.

Europa, por ejemplo, logró después de la Segunda Guerra Mundial un profundo proceso de reconstrucción institucional y cultural que permitió décadas de desarrollo y estabilidad. Hoy, incluso allí se perciben señales de regreso a viejos síntomas, pero el aprendizaje histórico demuestra que las sociedades pueden transformarse cuando redefinen sus paradigmas.

No podemos escindirnos de aquello. Sabemos que nuestro país enfrenta ese mismo desafío en un contexto global complejo, que empezó a transitar desde los 60.  Con la crisis del modelo fordista en los años setenta se dio paso a un sistema económico más flexible y globalizado -el llamado posfordismo-  basado en la especialización productiva, la innovación constante y la segmentación de mercados. Hoy, las economías contemporáneas operan a través de redes globales de producción, información y consumo. Las identidades sociales, por lo tanto, se han multiplicado y diversificado.

En este escenario, el cuerpo social chileno experimenta nuevas fragmentaciones. El lenguaje cambia, aparecen modas culturales globales, nuevas sensibilidades políticas, ambientales o religiosas, y formas de consumo que ya no responden a identidades nacionales homogéneas. Cada grupo social construye su propio repertorio cultural, lo que puede enriquecer la diversidad, pero también profundizar la sensación de distancia entre sectores de la sociedad.

Para hacer un paralelo desde una perspectiva lacaniana, el cuerpo social no es una unidad natural que exista desde el origen. Es una construcción simbólica sostenida por tres registros: lo real, lo simbólico y lo imaginario. Cuando esos registros pierden articulación, el cuerpo se fragmenta y aparecen los síntomas. En el caso chileno, la dificultad parece radicar precisamente en esa articulación: la distancia entre nuestras narrativas imaginarias, nuestras instituciones simbólicas y las realidades materiales de la vida cotidiana.

El problema no es únicamente político o económico; también es cultural. Marshall McLuhan sostenía que para comprender el presente hay que observar a los artistas, porque ellos viven en el “presente absoluto”. Tal vez por eso, en tiempos de crisis social, el arte suele anticipar las tensiones que más tarde se expresan en la política.

Asi y todo, recuperar la belleza -en el arte, en la arquitectura, en la educación, en los medios de comunicación-  puede parecer una idea secundaria frente a los problemas económicos o institucionales. Sin embargo, la cultura también cumple una función de cohesión social. La belleza crea horizontes compartidos, imaginarios comunes y sentidos de pertenencia que ayudan a recomponer el tejido social.

Finalmente, el dilema chileno, en definitiva, no es solo cómo resolver problemas específicos, sino cómo cerrar —o al menos encauzar— un ciclo de preguntas que parece repetirse sin fin. Cuando las sociedades no logran dar término a ciertos debates fundamentales, los síntomas reaparecen una y otra vez bajo nuevas formas.

La cuestión central es si Chile seguirá administrando indefinidamente sus síntomas o si será capaz de redefinir sus paradigmas de convivencia, desarrollo y cultura. En otras palabras, si este cuerpo social fragmentado persistirá como corps morcelé o si logrará reconstruir una forma de unidad que permita avanzar, porque las sociedades, al igual que los individuos, solo pueden cambiar cuando reconocen que el síntoma existe. Y cuando entienden que la solución no está en remendar el pasado, sino en imaginar el futuro.