Por Jorge Andaur V.
La política siempre ha convivido con la exageración. Desde la antigua Grecia, los líderes entendieron que gobernar también implicaba persuadir. La retórica nació precisamente para eso: emocionar, convencer y movilizar. Pero existe una diferencia fundamental entre usar recursos del lenguaje y faltar deliberadamente a la verdad.
“Metáfora” proviene del griego metaphorá, que significa “traslado”: mover el sentido de una palabra hacia otra idea para representarla simbólicamente. Cuando alguien dice que “el país está herido”, nadie piensa en una herida literal, sino en una crisis social o política. La “hipérbole”, en cambio, viene de hyperbolé, que significa exceso o exageración deliberada. Decir “te llamé mil veces” no busca contar llamadas reales, sino enfatizar insistencia. Ambas son figuras literarias usadas desde la antigüedad para reforzar discursos y persuadir. El problema aparece cuando dejan de ser recursos del lenguaje y pasan a convertirse en excusas para justificar promesas incumplidas. Porque una metáfora puede adornar un discurso, pero no reemplazar un compromiso político. Y una hipérbole puede exagerar una idea, pero no borrar responsabilidades una vez alcanzado el poder.
Porque una democracia no se construye sobre figuras literarias. Se construye sobre compromisos.
José Antonio Kast prometió durante su campaña expulsar a 300 mil inmigrantes irregulares “el primer día”. No fue una frase aislada ni una improvisación de cierre. Fue uno de los ejes centrales de su candidatura. Fue repetida en debates, entrevistas, redes sociales y actos públicos. Incluso existía un contador que marcaba los días que les “quedaban” a los migrantes para abandonar el país una vez que él llegara al poder, transformando la promesa en una puesta en escena permanente de campaña. Todo apuntaba a transmitir certeza, decisión y autoridad. Hoy, enfrentado a la imposibilidad de cumplir aquello, el Presidente asegura que era una “metáfora”. Luego habló de una “hipérbole”.
La explicación no solo resulta insuficiente: resulta ofensiva para quienes votaron creyendo en la literalidad de sus promesas.
Porque nadie acude a las urnas pensando que el programa de gobierno debe interpretarse como poesía. Cuando un candidato promete expulsiones masivas, reducción de la delincuencia o recuperación económica, la ciudadanía entiende que está escuchando propuestas concretas, no ejercicios semánticos.
Más aún cuando el propio oficialismo parece dispuesto a normalizar la distancia entre lo prometido y lo realizado. El presidente de la cámara de diputados Jorge Alessandri intentó restarle dramatismo a la controversia señalando que “en las campañas siempre se exagera”. Frente a la defensa del Presidente, quien calificó su promesa como una “metáfora” o “hipérbole”, Alessandri respaldó el objetivo de frenar la migración irregular, aunque reconoció implícitamente la necesidad de “salir a terreno”, corregir el rumbo y cumplir. Y quizás ahí aparece el verdadero problema: cuando la política comienza a asumir como normal que las promesas electorales puedan relativizarse después de ganar.
Como si mentir fuera apenas una estrategia comunicacional más.
El asunto no termina en migración. La seguridad fue probablemente el principal motor del triunfo republicano. El país escuchó durante meses que existía claridad, preparación y un camino definido para enfrentar el crimen organizado. Sin embargo, esta semana la ministra de Seguridad terminó admitiendo que no esperaba que se le exigiera un plan de seguridad “por escrito”, prometiendo presentarlo recién después de las críticas.
La escena es reveladora: un gobierno elegido precisamente por prometer orden y planificación reconoce que ni siquiera tenía formalizada su principal hoja de ruta.
¿También era una metáfora?
Mientras tanto, la realidad cotidiana de millones de chilenos se vuelve cada vez más pesada. El precio de los alimentos sigue aumentando. El IPC continúa golpeando a las familias. Los sueldos alcanzan menos y la sensación de incertidumbre crece. Pero, pese a haber prometido que no tocaría las ayudas sociales, el Ejecutivo ha impulsado recortes en áreas sensibles como salud, educación, cultura y deporte, entre otros sectores que afectan directamente la calidad de vida de la población.
Y ahí aparece otra frase que retrata con crudeza el momento político. La diputada Chiara Barchiesi intentó defender la reducción de recursos en salud señalando que “afectará a los hospitales, no a los pacientes”. La lógica es tan absurda como afirmar que una baja en las bencinas afecta solo a los autos y no a los conductores. Los hospitales no son edificios vacíos: son listas de espera, operaciones postergadas, falta de especialistas, medicamentos escasos y funcionarios sobrecargados. Detrás de cada recorte siempre hay personas concretas pagando el costo.
La contradicción ya dejó de parecer accidental. Comienza a parecer estructural.
Y en paralelo, el gobierno intenta avanzar en proyectos que privilegian intereses particulares antes que las urgencias de la mayoría que confió en él. Mientras se pide austeridad para las políticas públicas, se protege con rapidez aquello que beneficia a determinados sectores económicos y políticos. La promesa de gobernar “para la gente común” empieza a diluirse entre ajustes presupuestarios, tecnicismos y reinterpretaciones discursivas.
Lo más peligroso de todo esto no es únicamente el incumplimiento de promesas. Los gobiernos anteriores también prometieron más de lo que pudieron cumplir. El problema verdadero es la naturalización de la manipulación del lenguaje como mecanismo de defensa política.
Porque cuando una promesa incumplida pasa a llamarse “metáfora”, la política deja de rendir cuentas y comienza simplemente a reinterpretarse a sí misma.
Y eso erosiona algo mucho más profundo que la popularidad presidencial: erosiona la confianza democrática.
La ciudadanía empieza a sentir que las palabras ya no significan nada. Que los programas pueden reescribirse después de ganar. Que las promesas son desechables. Que siempre habrá una explicación retórica disponible para justificar cualquier contradicción.
No deja de ser irónico. Un sector político que construyó buena parte de su identidad criticando la “posverdad”, el relativismo y las ambigüedades discursivas de la izquierda, hoy intenta refugiarse precisamente en esos mismos recursos lingüísticos.
Chile no eligió metáforas ni hipérboles. Eligió un gobierno que prometió seguridad, control migratorio y protección social. Y hoy, frente a las dificultades de gobernar, esas promesas empiezan a reinterpretarse como simples exageraciones de campaña.
Pero el alza del costo de la vida no es una metáfora. Las listas de espera no son una hipérbole. Los recortes en salud, educación, cultura o deporte tampoco son figuras literarias: son consecuencias reales que afectan a millones de personas.
Porque cuando un gobierno necesita redefinir sus promesas para explicar por qué no las cumplió, el problema deja de ser semántico. Pasa a ser ético.
Las metáforas adornan discursos. Las hipérboles exageran ideas. Las mentiras, en cambio, terminan erosionando la confianza de un país entero.
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