Por R. San Juan V.

Desde el acantilado, la playa de la isla Mechuque se veía vacía; los únicos que disfrutaban la jornada eran los zarapitos, que, luego de miles de kilómetros de vuelo desde Canadá, llegan a descansar y perpetuar su especie en los humedales costeros.

El día nublado me hacía sentir con un poco de nostalgia, pero con la energía suficiente para buscar el gran pez. Sin embargo, al llegar a orilla lancé mi caña y comencé a pescar sin ganas. Con el cuerpo cansado y la mente en otra parte, tiraba y recogía mi lienza más por costumbre que por fe. Así pasó mucho tiempo, donde esa línea devoraba y devoraba horas, minutos y segundos que, simplemente, nunca volverán.

El agua estaba espesa, como si estuviera llena cosas viejas, olvidadas, que algunas veces la marea acuna en sus fríos brazos. Fue en ese momento cuando la línea se tensó y sentí un tirón brutal, un peso obsceno, de esos que te mienten. Pensé en un pez enorme, creí en la suerte y soñé que, por una vez, algo grande podía ser mío. Pero el peso era raro, torpe, sin la violencia limpia de un animal. Dudé. Y esa duda me mordió más fuerte que cualquier otro pez.

En vez de tirar, caminé siguiendo la línea, bordeando el agua, resbalando entre piedras húmedas, con el corazón golpeando, como si supiera que algo estaba mal. La lienza me llevó casi al otro lado la isla, un pedazo de tierra sin nombre donde pocos se acercaban. Decían que era tierra de brujos, de maldiciones, pero ahí lo vi. No era un pez. Era un hombre. Un pescador enganchado como carne colgada, con anzuelos clavados en el brazo, en el costado, cerca del cuello, en sus piernas, en todo su cuerpo. Tenía la piel abierta, roja, hinchada, y la sangre se mezclaba con el agua como una mancha lenta. No gritaba. Respiraba corto, con los dientes apretados, como si el dolor ya hubiera pasado el límite y se hubiera vuelto otra cosa.

Me acerqué y vi frente a mí a un ser humano sumido en dolor provocado por otros, por quienes nunca supieron el daño que le causaban. Tenía más anzuelos enterrados, viejos, oxidados, recuerdos de otras líneas, otros errores. El mar no mata de golpe, pensé; el océano colecciona. Con cuidado, con las manos temblando y el estómago cerrado, saqué el primero y la carne cedió con un sonido húmedo, asqueroso. Él apretó los ojos. Saqué otro. Y otro. Cada tirón era una pequeña traición al cuerpo. La sangre corría caliente por mis dedos y yo pensaba en lo fácil que habría sido tirar de la caña con fuerza, creer en el pez grande, en el premio, en la historia para contar después.

Cuando terminé, el hombre se desplomó un poco, como si el cuerpo recién ahora entendiera que seguía vivo. Me miró. No dijo nada al principio. Después dijo “gracias”, casi sin voz, como si esa palabra también doliera. Me quedé ahí parado, sucio, con olor a hierro y mar, sabiendo que había encontrado mucho más que un pez y que eso era lo mejor que me podía haber pasado. Porque si no hubiera dudado, si hubiera sido más animal, más ambicioso, habría seguido tirando hasta arrancarlo del agua, hasta terminar el trabajo del gran Pacífico. Ese día entendí que la muerte no siempre llega envuelta en odio o violencia. Ese día comprendí que la muerte puede ser ridículamente simple. A veces basta la estupidez de aferrase a una cuerda sin detenerse a pensar qué, o quién, tira desde el otro extremo.