Por Ian Swan

                                         Las falsedades no sólo se oponen a la verdad, sino que a menudo se contradicen entre sí.
Voltaire

A propósito del reciente viaje de la misión Artemis II, uno de los hitos más relevantes de la exploración espacial del siglo XXI, no deja de sorprender el escaso interés que ha generado en buena parte de la opinión pública. Se trata, nada menos, que del regreso de la humanidad a la órbita lunar después de más de 50 años desde el programa Apolo. Sin embargo, lejos de despertar asombro colectivo, el acontecimiento parece diluirse entre teorías conspirativas, desinformación y una avalancha de contenidos que relativizan incluso los hechos más verificables.

Tal vez no sea casualidad. Las fake news o noticias falsas, han cumplido con eficacia el propósito para el cual parecen haber sido diseñadas; introducir, como una aguja hipodérmica, argumentos distorsionados que erosionan aquello que alguna vez entendimos como realidad compartida. Hoy, más que nunca, lo verdadero compite en igualdad de condiciones con lo falso.

En efecto, la verdad siempre ha estado en disputa y depende, en gran medida, del punto de vista desde el cual se observa. Ya en 1962, Marshall McLuhan anticipaba este escenario en La galaxia Gutenberg, donde planteaba que la tecnología transformaría al mundo en una “aldea global”. No se equivocó. hoy habitamos un espacio hiperconectado donde la información circula de manera instantánea, pero no necesariamente con mayor claridad.

Además, el fenómeno no es solo comunicacional, sino también perceptivo. El principio de que “la mirada del observador modifica lo observado”-conocido como el efecto del observador- es ampliamente estudiado. En física cuántica, la medición altera el estado de las partículas; en las ciencias sociales, el simple hecho de ser observado modifica el comportamiento humano, fenómeno conocido como efecto Hawthorne. Es decir, no solo vemos la realidad, también la transformamos.

Esto se vuelve evidente en la cultura contemporánea. Los reality shows y transmisiones en vivo muestran cómo la presencia de cámaras altera conductas, exagera emociones y construye personajes. Sin embargo, lo más inquietante ocurre fuera de la pantalla tradicional, en las redes sociales. Hoy, cualquier usuario puede convertirse, al menos discursivamente en psicólogo, médico, crítico gastronómico o analista político. Desde el anonimato o la distancia de un teclado, se emiten juicios sin contexto ni responsabilidad.

Pero entonces surge la pregunta inevitable: ¿Qué hay detrás de esta realidad donde toda opinión parece válida?

Parte de la respuesta está en cómo construimos conocimiento. Incluso disciplinas tan complejas como la salud mental han cambiado radicalmente a lo largo del tiempo. Hace apenas un siglo, muchos trastornos eran atribuidos a causas sobrenaturales; hoy se entienden desde un enfoque biopsicosocial, que integra factores genéticos, ambientales y experiencias de vida. Según la Organización Mundial de la Salud, más de 970 millones de personas viven actualmente con algún trastorno mental, cifra que ha aumentado en parte por factores sociales como el estrés, la incertidumbre y la sobreexposición informativa.

En este contexto, la veracidad de una noticia adquiere un peso emocional enorme. Una noticia falsa puede generar miedo real, ansiedad o incluso cambios de conducta, muchas veces con más impacto que los discursos pseudocientíficos o esotéricos que antes ocupaban ese lugar. La diferencia es que hoy la desinformación viaja más rápido y llega más lejos.

El problema se profundiza con la irrupción de la inteligencia artificial. Actualmente, cerca del 60% del tráfico en internet está mediado por algoritmos, y herramientas generativas permiten crear textos, imágenes y videos indistinguibles de la realidad. Esto abre un campo fértil para la manipulación. No se trata solo de ilusos, también hay actores conscientes que utilizan estas tecnologías para distorsionar la información.

Quizás, en el fondo, no hemos abandonado del todo la lógica de la Edad Media, cuando la Tierra era considerada el centro del universo. Tal vez seguimos aferrados a certezas construidas más desde la creencia que desde la evidencia.

La pregunta, entonces, no es si la tecnología avanzará -porque lo hará inevitablemente-, sino si la humanidad será capaz de avanzar con ella, con conciencia, con pensamiento crítico y con responsabilidad. Porque, de lo contrario, no habrá barrera suficiente frente a quienes buscan distorsionar la realidad, erosionar la confianza y sembrar dudas donde antes había certezas.

En ese escenario, ya no basta con observar. Es necesario resistir, cuestionar y, sobre todo, sostener la verdad incluso cuando parece diluirse entre el ruido. Pese a todo, la realidad persiste, silenciosa pero firme, más allá de nuestras interpretaciones, como un recordatorio incómodo, y a la vez esperanzador, de que hay cosas que no dependen de la opinión.

Para finalizar cito a Galileo Galilei, quien, frente a sus inquisidores que insistían en negar la evidencia, soltó la frase “Eppur si muove” (y sin embargo, se mueve), expresión que después de cinco siglos aún perdura como una barrera frente a los millones de ignotos que se dejan llevar por esta ola de negación que sigue surcando nuestra humanidad.